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Creo en lo humano

Castillo           Hace siete años, publiqué un libro titulado La humanización de Dios (Trotta). Poco después publiqué La humanidad de Dios (Trotta). Y algunos meses más tarde, La humanidad de Jesús (Trotta). También he editado, en Desclée de Brouwer, La laicidad del Evangelio, que es una interpretación fundamental del cristianismo, no desde “lo sagrado”, sino desde “lo profano”, ya que, según los evangelios, Jesús mantuvo una relación de intimidad constante y familiar con el Padre-Dios, pero igualmente mantuvo una relación mortalmente conflictiva con el Templo y sus Sacerdotes. Lo que – de entrada – nos viene a decir que Jesús (y, por tanto, el Evangelio) se entienden en la medida en que se toma como punto de partida, no precisamente “lo divino”, sino exactamente “lo humano”. Es decir, para entender el Evangelio (y el Cristianismo), la “religiosidad” se tiene que entender y vivir de otra manera. Ni más ni menos, como la entendió y la vivió Jesús.

Se comprende, por todo esto, mi creciente interés, mi incontenible preocupación por le fe en lo humano. Y es que la gran paradoja, que aquí descubrimos, consiste en que la mayor dificultad, que arrastramos los mortales, no es la resistencia para creer en “lo divino”, sino la pertinaz dureza y el insistente rechazo para aceptar “lo humano”. Esto, ni más ni menos, es lo que explica por qué tanta gente, si se trata de gente muy religiosa, es ese tipo de persona a la que no le gusta hablar de Jesús, sino que prefiere hablar siempre de Cristo, de Jesucristo, del Señor o incluso de Nuestro Señor Jesucristo. Y es que Jesús es el nombre humano de aquel sencillo artesano galileo de la humilde aldea de Nazaret. Eso nada más. Mientras que Cristo es el título del Mesías Salvador. Un título que se solemniza cuando (además) de él se dice que es el Señor o incluso Nuestro Señor. Aquí, ya no hablamos de lo humano, sino de lo más solemnemente divino. Lo que tanto les gusta a los clérigos en sus sermones. Y no digamos, a los obispos en sus solemnes misas pontificales, cuando parece que los fieles están casi tocando lo divino con sus manos.

Todo esto viene a indicar que aquí nos enfrentamos a un problema muy serio. Voy derechamente al nudo del asunto. En principio, “lo humano” es lo limitado, mientras que “lo divino” es lo que no tiene límite alguno. Por eso los humanos nos sentimos amenazados por tantos miedos. Y por eso también los humanos recurrimos a lo divino como solución a nuestros miedos. De ahí que la tendencia a creer en “lo divino”, y a buscar en “lo divino” la solución a nuestros males, tiene en nosotros raíces más hondas que cualquier posible tendencia a poner nuestra fe y la solución a nuestras limitaciones en “lo humano”.

Pues bien, dado que somos así y así funcionamos en nuestra intimidad inconsciente, los cristianos nos vemos condicionados (sin darnos cuenta de lo que nos pasa) por un factor capital en el que posiblemente quizá nunca hemos pensado. El Dios de nuestra fe es “verdadero Dios” y es también “verdadero hombre”. Lo que quedó formulado en la Definición Dogmática del Concilio de Calcedonia (año 451): nuestro Dios, el Señor Jesucristo, es “Perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad” (DH 301). Pero ocurre que esto se ha de creer de manera que la fe en “lo divino” y en “lo humano” se ha de tener y se ha de vivir, no sólo en cuanto se refiere a la “otra vida”, sino igualmente en todo cuanto afecta también a “esta vida”.

¿Qué quiere decir esto en concreto? El cristianismo hay que vivirlo de manera, que se tiene que aceptar, creer y vivir en su totalidad. O sea, lo mismo para esta vida que para la otra vida. Lo mismo para la tierra que para el cielo. Y esto significa que quien se ve como cristiano, no puede creer en lo divino, sin o no cree en lo humano. Es decir, no puede respetar lo divino, si no respeta igualmente lo humano. Por eso, en la Iglesia, hay tantas cosas que nos indignan y que no podemos aceptar. ¿Por qué, en la Iglesia, se respeta más lo divino que lo humano? ¿Por qué se respeta más el templo que la calle? ¿Por qué se respeta más a ciertos hombres que a ciertas mujeres? ¿Por qué el Derecho Canónico les concede a los clérigos derechos y privilegios que no pueden tener los laicos?

El problema está – me parece a mí – en que, en la Iglesia, hay más Religión que Evangelio. En ella, está más presente y viva la Religión que el Evangelio de Jesús. La teología cristiana tiene que afrontar, de manera urgente, este asunto capital. ¿Por qué las Religiones son factores de tanta violencia precisamente contra seres humanos inocentes? ¿Por qué la Iglesia tiene hoy tan poca presencia en España para poner solución – o aliviar al menos – tantos problemas humanos, al tiempo que los obispos se cuidan esmeradamente de que los gobernantes no les toquen a los privilegios legales y económicos que disfruta la Iglesia?

Los cristianos creemos que, en Jesús (el Dios de los cristianos), “lo divino” y “lo humano” se fundieron de manera ya no se puede separar lo uno de lo otro. Jesús dijo: “El que a vosotros oye, a mí me oye… el que a vosotros desprecia, a mí me desprecia”. O también: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba en la cárcel y fuisteis a visitarme, era extranjero y me acogisteis”. El que hace esto, es el que cree en “lo divino”. Aceptar el Cristianismo no es básicamente aceptar una Religión. Es aceptar un “proyecto de vida”, una forma de entender la vida, en la que lo central y decisivo, NO ES “LO RELIGIOSO”, SINO “LO HUMANO”.

Empecé diciendo: “Creo en lo humano”. Y termino afirmando humildemente y verdaderamente: “Intento creer en lo humano”.

7 comentarios

  • M.Luisa

    Más elementos de reflexión sobre cómo se ha de entender, según mi opinión, el carácter limitado de la realidad humana.

    El enfoque que se desprende del artículo  de J.M. Castillo  en el que esta limitación en su negatividad sirve de incentivo para recurrir a lo divino es visto desde la perspectiva sustancialista de la realidad humana que todavía se viene arrastrando de nuestro pasado filosófico.

    Ahora bien esta misma limitación vista desde su lado
    positivo como ayer me referí, ha de explanarse no sobre la idea de sustancia centrada en la dualidad cuerpo-alma,  sino sobre la base de contemplar la realidad humana como una unidad. Una unidad sustantiva, es decir, que por su propia sistematización  la psiquis es corpórea y el cuerpo es psíquico formando ambos subsistemas  una estructura unitaria.

    Por tanto, que sea positiva o negativa la limitación humana dependerá,  pues, de la perspectiva desde la cual se considere su realidad, es decir, en su insuficiencia sustancial dualista y  cerrada,  o bien sustantiva  autónoma y abierta.

    Precisamente es desde el punto de vista de la estructura  sustantiva  humana en la que, al relacionarse  los momentos psíquicos desde los corpóreos por superación es donde la limitación humana cobra su verdadera razón de ser.

  • M.Luisa

    Extendiendo un poco más   mi comentario anterior  quisiera ahora darle la vuelta al asunto y ver qué de positivo tiene  el carácter limitado de la realidad humana.

    Propendemos a creer que la limitación es una nota negativa pero lo cierto es que en las realidades cósmicas y nosotros formamos parte de ellas acontece precisamente lo contrario, pues  en la limitación  es decir, en no serlo todo, cobra positivamente la fuerza y la capacidad de ser lo que en realidad son las cosas en sí mismas. De ahí que, paradójicamente,  habría  que ver en la limitación la fuerza  inexorable que tiene la naturaleza: esa especie de hacer de la necesidad virtud.

  • George R Porta

    Lo divino nadie lo ha experimentado, luego ?cómo pudiera alguien explicarlo o describirlo como para atribuirlo como cualidad a otra cosa o persona? A menudo me parece que si difícil es explicar qué sea lo humano, explicar qué sea lo divino es imposible.

    Por otra parte, parece que cuando los escritores del NT le atribuyeron la condición divina a Jesús solo estaban acostumbrados a escucharla auto-atribuida o atribuida al emperador o a alguien notable de otra posición, por ejemplo algún poeta o filósofo, quizás. ?Cómo pasó esta noción a algo más allá de lo físico, de lo humano, metafísico, teológico?

    Creo que moriré sin saber qué significa este atributo de “divinidad” a algo o alguien que nadie ha visto, pero, quizás como rémora de mi infancia, concibiendo trato de usar mi imaginación para concebir algo que supere toda otra imaginación, pero eso, claro está, implicará que mi imaginación pueda superar la noción de ello tan solo pasada la siguiente respiración, ad infinitum.

    Así, me parece que lo humano deba pertenecer al campo de lo real y por tanto que sea innecesario que sea ilimitado en cada caso particular, aunque como categoría o en general deba serlo. Después de todo ?quién puede conocer y/o comprender todo lo humano? Yo, desde luego, no puedo y me alegro.

  • M.Luisa

    Decir que lo humano es limitado, es presentar la realidad humana en negativo y ha sido, según mi parecer,   la excusa para hablar de lo divino y cerrar con ello el camino hacia la espiritualidad.

    Si  los teólogos interesados   en que  nada cambie en la teología cristiana, no quieren afrontar  este problema  tan evidente,  según el cual en la iglesia está más presente la religión que el Evangelio de Jesús,   como esto, aparte de ser un hecho es además, hablando cristianamente, una aberración y las aberraciones traen, como es sabido,  perversas consecuencias, tales como que la dominancia en todo está en manos de las ideologías, qué pasa entonces    con quienes  pasivamente la sufren  y se las tienen que apañar para que no dominen ni sobrepasen el ambiente convivencial?

    Mientras la iglesia no reconozca que se está equivocando permitiendo  a los clérigos que sigan solemnizando  lo divino a sus fieles   sin querer entrar  en cómo  eso les perjudica  mentalmente y en consecuencia también en el comportamiento,   todo el trabajo posterior de  convivencia se tendrá que hacer en solitario y con un alto nivel de sufrimiento y de mengua en la salud.

    Y es que estos fieles  no tocan lo divino con las manos tal como dice Castillo sino tan sólo con la cabeza. Era Jesús quien tocaba lo divino con las manos.  Por eso  cuando el tema lo enfoco  desde una perspectiva filosófica y de horizontalidad me apoyo siempre diciendo  que los humanos nos realizamos justo según sea  nuestro trato con las cosas, considerándolas no como cosas-objetos, sino como cosas reales  y es por esto que precisamente por ser reales  la vida humana  constituye un proyecto…

  • oscar varela

    Leo de Isidoro!

    – “no es Dios quien se encarna en hombre,

    sino el hombre, el que alcanza el nivel de “dios”-

    Me parece un poco extraño y como traído de los pelos ese”nivel de dios” a la sensibilidad de n/tiempo “ciudadano” (pro-fano).

    ¡Voy “pro-fainando” todavía! – Óscar.

  • Isidoro García

    La gente de hoy día, es mucho menos propicia que antes, a que se le diga lo que tiene que hacer. Les gusta más que les expliquen la naturaleza de la situación y una vez comprendida, deducir la actuación correcta.

    Por ello los teólogos, se dedican a explicarla. Pero claro,  cuando tienen el pie forzado, de la expresión concreta de unos dogmas, como el de la doble naturaleza de Jesús, en Calcedonia, más de cuatrocientos años después de muerto este, a dichos teólogos les pasa lo que le pasa al amigo Castillo, que no hay quien se aclare.

    (No me extraña que él mismo, empezara el artículo con una cierta seguridad, y acabara con dudas: “intento…”).

    Hoy día, está “en el aire”, en el “alma del mundo”, el humanismo, o sea la concepción de que el destino y el futuro de la humanidad, radica en ella misma, en nuestra actuación práctica. Y esto religiosamente se traduce en una nueva situación en la que se pone de relieve, (lo que la realidad estaba mostrando día a día), que la actuación de “Dios”, en la historia, en caso de existir, (cosa en la que yo creo), es solo consoladora o estimuladora, pero en absoluto es operativa: milagros, muy poquitos.

    (Las Iglesias se resisten a reconocer esa flagrante realidad, (ver las desoladoras caravanas de vuelta de los enfermos de Lourdes), porque las peticiones angustiosas de ayuda a Dios, dan mucha práctica religiosa, mucha sumisión y besos a las manos y muchos cepillos, que nunca vienen mal).

    E intentar explicar esta nueva tendencia religiosa, hacia una práctica religiosa menos centrada en el culto, y más centrada en la actuación en la vida corriente, partiendo de la naturaleza humana, al par que divina de Jesús, es algo muy complicado.

    Se puede hacer, si reconsideramos el concepto de “divinidad”, abandonando el concepto del Dios Absoluto extra-Universo, (que por definición no sabemos lo que es, y ni siquiera si es), y lo relativizamos, en un concepto de un/unos Dios-Ser Inteligente, integrante del Universo, no Creador-ex nihilo, sino Creador-civilizador-organizador-culturizador.

    En un sentido de que no es Dios quien se encarna en hombre, sino el hombre, el que alcanza el nivel de “dios”.

    Entonces, sí se puede comprender, que el cristianismo proporciona un relato de la historia de la humanidad en el Universo, del que se desprendería que la construcción del Reino de Dios, no sería otra cosa, que la culminación del proceso evolutivo de la humanidad, hacia la consecución de una nueva naturaleza del hombre más perfeccionada, lo que conllevaría una convivencia civilizada, justa y pacífica entre todos nosotros y con todo el Universo.

    Cuando esta idea se extienda, será el fin de la religión-culto, para instaurarse la religión-laica, a lo Bonhoeffer, o a lo Thomas Merton: “Lo que hago es vivir, mi forma de orar es respirar”.

    Y será el tiempo en que las parroquias serán centros culturales y de terapias psicológicas, y los santos canonizados, serán los grandes investigadores y los grandes benefactores de la humanidad, al estilo de los Premios Nobel actuales. Así será el futuro.

  • oscar varela

    Hola!

    ¿Cuántas vueltas y re-vueltas, no?

    ¿Qué le vamos a hacer?

    ¡Seguir yendo! – Óscar.

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