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Marxismo a la española

Honorio2En 1895, en el momento en que Miguel de Unamuno  estaba a punto de borrarse del Partido Socialista, hacía un pronóstico muy negro de la que él consideraba más grave enfermedad del socialismo español:

“Soy socialista, pero los que aquí figuran como tales son intratables, fanáticos necios de Marx, ordenancistas, intolerables, llenos de prejuicios de orden burgués, ciegos a las virtudes y servicios de la clase media, desconocedores del proceso evolutivo. En fin, que de todo tienen menos sentido social”.

Dos años más tarde, el intelectual bilbaíno abandonaba el partido socialista. Su alejamiento suponía quizá la renuncia definitiva del socialismo organizado de España a elaborar una idea propia y unas recetas adaptadas a la realidad española del marxismo que llegaba de allende el Pirineo, de allende el Rin quizá, a un marxismo “made in Spain” asimilado y traducido al castellano por intelectuales autóctonos. Más tarde, en 1902, el socialista bilbaíno Tomás Meabe se proponía recuperar a Unamuno e incluso a Ortega y Gasset para esa labor insoslayable de elaborar una versión española del marxismo. Pero en vano, los cerebros “grises” del PSOE, Pablo Iglesias  y posteriormente Besteiro, eran dogmáticos, simples importadores de fórmulas que llegaban desde Alemania vía París, creían firmemente en que la revolución burguesa traería automáticamente la dictadura del proletariado, y se limitaban a esperar como meros espectadores el santo advenimiento de la misma.

España, rabo de Europa, extrarradio y suburbio, estaba muy lejos de haber realizado su revolución burguesa, con la excepción de los enclaves de Cataluña y el País Vasco. La sociedad no había alcanzado la división entre burguesía y clase obrera, entre asalariados y empresarios industriales, ni estos dos contendientes eran protagonistas de la vida pública y la política. Bajo el paraguas de una monarquía borbónica anclada en la época anterior a la Ilustración, la nobleza española latifundista y  terrateniente gobernaba sus cortijos al más puro estilo medieval. Una inmensa mayoría de los trabajadores por cuenta ajena seguían sometidos al régimen feudal en los latifundios del Sur y el Centro peninsular, y el socialismo los tenía completamente marginados.

Más aún, tanto los trabajadores del campo como los de la industria eran atraídos por una ideología anarquista que disputaba la clientela a la corriente marxista.

Más aún, la intelectualidad española navegaba a toda vela bajo los vientos del krausismo, un krausismo a la española impregnado de “moralina” y alergia a todo marxismo. Fernando de los Ríos proclamaba en 1931 en las Cortes que “los socialistas aunque no somos católicos no es porque no seamos religiosos, sino porque queremos serlo más. Hasta la última célula de nuestra vida espiritual está saturada de emoción religiosa; algunos tenemos la vida entera prosternada ante la idea de lo absoluto e inspiramos cada uno de nuestros actos en un ansia ascensional”.

Si a esta espiritualidad del krausismo que regía en las filas socialistas se suma el poderío de la Iglesia católica en todas las esferas de la vida pública y privada, y muy especialmente en el terreno de la enseñanza, no es de extrañar que los políticos y pensadores españoles tuviesen quizá mucho más de predicadores, teólogos y moralistas, que de profesionales competentes de la gestión de lo público. Sin olvidar que un exceso de palabrería religiosa lleva con frecuencia escondido el puñal traicionero de la hipocresía… Ni tampoco es de extrañar que los proletarios sometidos a este entorno se decantasen junto con los anarquistas por un anticlericalismo rabioso y violento. Ni tampoco, paradojas de la vida, por un alto concepto de la honestidad y la moralidad.

Todo este bagage ideológico, esta mentalidad de disciplina y obediencia y renuncia a tener ideas propias, ha marcado desde el principio la trayectoria del socialismo español. Demasiado sumiso a una normativa de cuño feudal y de inspiración aristocrática,, demasiado seguidista de las doctrinas que le llegan desde el extranjero, más propenso a la contemplación y al examen de conciencia que a la reflexión y el análisis científico.
Desbordados por los acontecimientos y carentes de ideas propias y capacidad de análisis, los socialistas españoles cayeron en contradicciones a la hora de actuar, se aliaron con Primo de Rivera, se dividieron a la hora de valorar la Revolución rusa, o de optar por la Segunda República, o de definirse en la Revoución de 1934, o con sus dudas restaron fuerzas y esperanzas a la República en el momento de la Guerra “incivil” de 1936.

Solos ante el peligro, la clase obrera española y el proletariado agrario no pudieron contar con la solidaridad o la ayuda lógica del socialismo europeo. Dicen que Carlos Marx prestó en vida una cierta atención a los acontecimientos y los problemas de España, lo mismo que Engels, pero en lo demás, o bien la Europa socialista volvió las espaldas a nuestro país, o se limitaron a imponernos “velis nolis” sus puntos de vista y sus estrategias, cono fue el caso de la Rusia estalinista.

Resumiendo, el marxismo, una filosofía y estrategia que parte del análisis y estudio de la realidad y elabora sus ideas y estrategias en función de la misma, muy pocas veces ha sido llevado a la práctica. Unamuno tenía toda la razón en su apreciación recogida en el inicio de este escrito.

[Este artículo ha sido inspirado por la lectura del libro El marxismo y el fracaso del socialismo organizado en España 1879-1936, del inglés Pau Heywood, accesible en español en la web de la  Universidad de Cantabria.]

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