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¿La agricultura campesina y ecológica puede alimentar al mundo?

esther-VivasComo complemento al post anterior, Esther se pregunta aquí si el sistema agroalimentario podría prescindir de estos avances químico-biológicos que introducen las industrias transnacionales. ¡Claro que sí! Y “no se trata de un retorno romántico al pasado sino de hacer confluir los métodos campesinos de ayer con los saberes del mañana”.

Artículo en Público, 20/05/2014

La población mundial, se calcula, llegará en 2050 a los 9.600 millones de habitantes, según un informe de las Naciones Unidas. Lo que significa, 2.400 millones más de bocas que alimentar. Ante estas cifras, se extiende un discurso oficial que afirma que para dar de comer a tantísimas personas es imprescindible producir más. Sin embargo, es necesario preguntarnos: ¿Hoy falta comida? ¿Se cultiva bastante para toda la humanidad?


Actualmente, en el mundo, “se producen alimentos suficientes para dar de comer hasta 12 mil millones de personas, según datos de la FAO”, afirmaba Jean Ziegler, relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación entre los años 2000 y 2008. Y recordemos que el planeta, lo habitan 7.000 millones. A parte, cada día se tiran 1.300 millones de toneladas de comida a escala mundial, un tercio del total que se produce, conforme un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Según estos datos, de comida no falta.

Las cifras señalan que el problema del hambre no se debe a la escasez de alimentos, a pesar de que algunos se empeñen en afirmar todo lo contrario. El mismo Jean Ziegler lo decía: “Las causas del hambre son provocadas por el hombre. Se trata de un problema de acceso, no de sobrepoblación o subproducción”. En definitiva, es una cuestión de falta de democracia en las políticas agrícolas y alimentarias. De hecho, en la actualidad, se estima que casi una de cada ocho personas en el mundo pasa hambre, según datos de la FAO. La aberración del hambruna actual es que se da en un planeta de la abundancia de comida.

Entonces, ¿por qué hay hambre? Porqué muchas personas no pueden pagar el precio cada día más caro de los comestibles, ya sea aquí o en los países del Sur. Los alimentos se han convertido en una mercancía y si no puedes costearlos antes se tiran que darlos para comer. Del mismo modo, no sólo se producen cereales para alimentar a las personas sino, también, para los coches, como los agrocombustibles, y para los animales, la cría de los cuales necesita de mucha más energía y recursos naturales que si se alimenta, con dichos cereales, directamente a personas. Se elabora comida, pero una gran cantidad de la misma no acaba en nuestro estómago. El sistema de producción, distribución y consumo de alimentos está diseñado únicamente para dar dinero a aquellas empresas del agronegocio que monopolizan de origen a fin la cadena agroalimentaria. He aquí, la causa del hambre.

Por consiguiente, ¿por qué algunos siguen insistiendo en que hay que producir más? ¿Por qué nos dicen que hace falta una agricultura industrial, intensiva y transgénica que nos permita alimentar al conjunto de la población? Nos quieren hacer creer que las causas del hambre serán la solución, pero esto es falso. Más agricultura industrial, más agricultura transgénica, como ya se ha demostrado, significan más hambre. Hay mucho en juego, cuando hablamos de comida. Las grandes empresas del sector lo saben bien. De aquí que el discurso hegemónico, dominante, nos diga que ellas tienen la solución a la hambruna mundial, cuando en realidad son quienes, con sus políticas, la provocan.

Otro paradigma agroalimentario

Visto lo visto, ¿qué podemos hacer? ¿Qué alternativas hay? Si queremos comer todos y comer bien, es necesario apostar por otro modelo de alimentación y agricultura. Antes, afirmábamos, que ahora hay comida suficiente para todo el mundo. Esto es así, con una dieta diferente, con mucho menos consumo de carne que la dieta occidental actual. Nuestra “adicción” a la carne, hace que necesitemos mucha más agua, cereales y energía para producir comida, para cebar el ganado, que si nuestra dieta fuese más vegetariana. Se calcula, según el Atlas de la Carne, que 1/3 de las tierras de cultivo y un 40% de la producción de cereales en el mundo se destina a alimentarlos. Hacer compatible, la vida humana con los límites y recursos finitos del planeta tierra pasa, también, por cuestionarnos qué comemos.

A parte, otro tema se plantea, si se propone prescindir de una producción de alimentos industrial, intensiva, transgénica, ¿qué alternativa tenemos? ¿La agricultura campesina y ecológica puede alimentar al mundo? Cada vez son más la voces que dicen que “sí”. Una de las más reconocidas es la de Olivier de Schutter, relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación entre los años 2008 y 2014, quien afirmaba, en su informe “La agroecología y el derecho a la alimentación”, presentado en marzo del 2011, que “los agricultores pequeños podrían duplicar la producción de alimentos en una década si utilizaran métodos productivos ecológicos” y añadía “se hace imperioso aplicar la agroecología, para poner fin a las crisis alimentarias y ayudar a afrontar los retos vinculados a la pobreza y al cambio climático”.

Según de Schutter, la agricultura campesina y ecológica es más productiva y eficiente y garantiza mejor la seguridad alimentaria de las personas que la agricultura industrial: “La evidencia científica demuestra que la agroecología supera al uso de los fertilizantes químicos en el fomento de la producción de alimentos, sobre todo en los entornos desfavorables donde viven los más pobres”. El informe “La agroecología y el derecho a la alimentación”, a partir de la sistematización de datos de varios estudios de campo, lo dejaba claro: “En diversas regiones se han desarrollado y probado con excelentes resultados técnicas muy variadas basadas en la perspectiva agroecológica. (…) Tales técnicas, que conservan recursos y utilizan pocos insumos externos, tienen un potencial demostrado para mejorar significativamente los rendimientos”.

Uno de los principales estudios, dirigido por Jules Pretty, y citado en dicho informe de la ONU, analizaba el impacto de la agricultura sostenible, ecológica y campesina en 286 proyectos de 57 países pobres, en un total de 37 millones de hectáreas (el 3% de la superficie cultivada en países en desarrollo), y sus conclusiones no dejaban lugar a dudas: la productividad de estas tierras, gracias a la agroecología, aumentó en un 79% y la producción media de alimentos por hogar creció en 1,7 toneladas anuales (hasta un 73%). Posteriormente, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) tomaron de nuevo estos datos para analizar el impacto de la agricultura ecológica y campesina específicamente en los países africanos. Los resultados aún fueron mejores: el aumento medio de las cosechas en los proyectos en África fue del 116% y en África Oriental del 128%. Otros estudios científicos, citados en el informe “La agroecología y el derecho a la alimentación”, llegaban a las mismas conclusiones.

Además, la agricultura ecológica y campesina no solo es altamente productiva, e incluso más que la agricultura industrial, especialmente en los países empobrecidos, sino que, como afirmaban los estudios anteriormente citados, cuida de los ecosistemas, permite “contener e invertir la tendencia en la pérdida de especies y la erosión genética” y aumenta la resiliencia al cambio climático. Asimismo, da mayor autonomía al campesinado: “Al mejorar la fertilidad de la producción agrícola, la agroecología reduce la dependencia de los agricultores de los insumos externos y de las subvenciones estatales”.

La agroecología suma apoyos

Otro importante informe que apunta en esta dirección son las conclusiones a las que llegó uno de los principales procesos intergubernamentales que se hayan llevado a cabo para evaluar la eficacia de las políticas agrícolas: la Evaluación Internacional del papel del Conocimiento, la Ciencia y la Tecnología en el Desarrollo Agrícola (IAASTD, en sus siglas en inglés). Una iniciativa impulsada, en un primer momento, por el Banco Mundial y la FAO, y que contó con su patrocinio y el de otras organizaciones internacionales como el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (FMAM), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el PNUMA, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El objetivo de dicho proceso era evaluar el papel del conocimiento, la ciencia y la tecnología agrícola en la reducción del hambre y la pobreza en el mundo, la mejora de los medios de subsistencia en las zonas rurales y la promoción de un desarrollo ambiental, social y económico sostenible. La evaluación, que se llevó a cabo entre los años 2005 y 2007, contó con una dirección integrada por representantes de gobiernos, ONGs, grupos de productores y consumidores, entidades privadas y organizaciones internacionales, con un claro equilibrio geográfico, quienes escogieron a 400 expertos mundiales para que llevaran a cabo dicho estudio, que incluía una evaluación mundial y cinco de regionales.

Sus conclusiones marcaron un punto de inflexión, ya que por primera vez un proceso intergubernamental de estas características, y patrocinado por dichas instituciones, realizaba una apuesta clara y firme por la agricultura ecológica y señalaba su alta productividad. En concreto, el informe afirmaba que “el aumento y el fortalecimiento de los conocimientos, la ciencia y la tecnología agrícola orientados a las ciencias agroecológicas contribuirán a resolver cuestiones ambientales, al tiempo que se mantiene y aumenta la productividad”.

Asimismo, consideraban que la agricultura ecológica era una alternativa real y viable a la agricultura industrial, que garantizaba mejor la seguridad alimentaria de las personas y que era capaz de revertir el negativo impacto medioambiental de esta última. El informe decía: “La huella ecológica de la agricultura industrial es ya demasiado grande como para ignorarla (…). Las políticas que promueven una adopción más rápida de soluciones de eficacia (…) para la mitigación y la adaptación al cambio climático pueden contribuir a frenar o invertir esta tendencia y, al mismo tiempo, mantener una adecuada producción de alimentos. Las políticas que promueven prácticas agrícolas sostenibles (…) estimulan una mayor innovación tecnológica, como la agroecología y la agricultura orgánica para aliviar la pobreza y mejorar la seguridad alimentaria”.

Los resultados del IAASTD consideraban, igualmente, a la agricultura industrial e intensiva como generadora de “inequidades”, la acusaban del “manejo insostenible del suelo o el agua” y de prácticas basadas en la “explotación laboral”. La evaluación concluía que “las variedades de cultivos de alto rendimiento, los productos agroquímicos y la mecanización han beneficiado principalmente a los grupos dotados de mayores recursos de la sociedad y a las corporaciones transnacionales, y no a los más vulnerables”. Unas afirmaciones inauditas, hasta el momento, en el panorama internacional por parte de instituciones y gobiernos.

Este informe, con dichas conclusiones, fue aprobado por las autoridades de 58 países en una asamblea plenaria intergubernamental, en abril de 2008, en Johannesburgo, quienes mostraron su acuerdo y avalaron los resultados. Estados Unidos, Canadá y Australia, por su parte, y como no nos sorprenderá, se negaron a suscribir esta evaluación y mostraron reservas y disconformidades a la totalidad.

En conclusión

Los informes de Olivier de Schutter, relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación, y del IAASTD señalan sin ambigüedades la alta capacidad productiva de la agricultura campesina y ecológica, igual o superior, dependiendo del contexto, a la agricultura industrial. Al mismo tiempo, consideran que ésta permite un mayor acceso a los alimentos por parte de las personas, al apostar por una producción y una comercialización local, y además, con sus prácticas, respeta, conserva y mantiene la naturaleza. El “mantra” de que la agricultura industrial es la más productiva y la única que puede dar de comer a la humanidad, se demuestra, en base a estos estudios, totalmente falso.

En realidad, no solo la agricultura campesina y ecológica puede alimentar al mundo sino que es la única capaz de hacerlo. No se trata de un retorno romántico al pasado ni de una idea bucólica del campo sino de hacer confluir los métodos campesinos de ayer con los saberes del mañana y democratizar radicalmente el sistema agroalimentario.

*Artículo en Público.es, 20/05/2014.

2 comentarios

  • Antonio Vicedo

    -Quiero empezar este comentario, amigo h. cadarso, agradeciéndote el haber puesto tan certero tu dedo, no para abrir más la herida del hambre en la Humanidad, sino para limpiarla con la verdad y hacer posible su cicatrización ahuyentando la amenaza den engangrenamiento general.¡Gracias!
     
    Después, agradezco a Ester V. su largo, claro y contundente escrito, iluminando la falacia mercantilista con la que quieren los ladrones universales justificar su global expolio de medios de subsistencia para esta esclavizada cultural y comercialmente Humanidad, haciéndonos creer que tenemos precisamente el remedio en lo que en realidad es la real, aunque encubierta amenaza mortal, causa verdadera de todas las repercusiones de la carencia adecuada e imprescindible de alimentación para un altísimo porcentaje de seres humanos.
     
    También yo quiero que este agradecimiento la anime y fortalezca a luchar defendiendo entuertos de falsedades y sacando a público conocimiento las falacias del mercantilismo alimentario a lo largo y ancho del mundo, amenazando por igual las vidas de l@s productor@s campesin@s y  l@s domesticad@s consumidore@s.
     
    Porque solo hay que mantener los ojos abiertos para ver que, ni a l@s productor@s les está siendo rentable su generoso empeño en producir, ni a l@s adict@s consumidor@s les está siendo posible seguir manteniendo la alocada dependencia de un consumo que no dominan, sino que les domina hasta enfermarl@s e impedir su vida normal.
     
    Y a esto, añadir, una clara respuesta a la pregunta que hace Ester: “-Visto lo visto, ¿qué podemos hacer? ¿Qué alternativas hay? Si queremos comer todos y comer bien, es necesario apostar por otro modelo de alimentación y agricultura”
    Hay que empezar, no por cambiar montajes, o modos de producción y consumo que de ningún modo podrán hacerse realidad, desde el falso supuesto de que los seres humanos no somos todos iguales en valor, dignidad, derechos y finalidad, sino desde la convicción cultural de la realidad verdadera igualitaria, falseada.
     
    Nadie, en la Humanidad tiene derecho a vivir a costa de la muerte de sus semejantes, ni menos a acaparar y derrochar lo que la Naturaleza ofrece generosamente como remedio de las necesidades vitales y personales de la global Humanidad.
     
    Porque solo a la VERDAD le pertenece en exclusiva ofrecer la cosecha de la LIBERTAD, hay que asegurar esta esperanzadora sementera y su cultivo esmerado para que ninguna falsificación desvíe de su propia finalidad general y universal el caudal sobrado de bienes , tal como afirma también Ester:
    -El “mantra” de que la agricultura industrial es la más productiva y la única que puede dar de comer a la humanidad, se demuestra, en base a estos estudios, totalmente falso.
     
    Yo añadiría qu: tenemos que aplicarle ya el calificativo de  CRIMINAL GENOCIDIO a estos modos de PRODUCCION y CONSUMO, si tenemos presentes a sus VICTIMAS.

  • h.cadarso

       Gracias, Ester Vivas, tú como eres periodista de postín podías contarle a Jordi Evole lo que dicen en Atrio sobre las bondades y las posibles desviaciones del Presidente uruguayo Mújica que según dicen se va escorando demasiado hacia el capitalismo y hacia la agricultura transgénica-reventadora de la tierra-enemiga de la agricultura ecológica…A mí no me gusta que me metan gato por liebre; y de hecho el mismo Mújica dejó claro que “hay que convivir con el capitalismo”…Eso, como el Papa Pancho, como la doctrina social de la iglesia al uso, como…
       El caso es que yo iba a otra cosa, que me gustaría que tratases algún día, Ester Vivas, que tú como eres guapa y escribes en un diario de tirada nacional te puedes hacer oir.
       Aquí en Euskadi, y supongo que en toda tierra de garbanzos, los “jubilatas” intentamos hacernos con un trocito de tierra con agua cerca para criar nuestros puerros, pimientos y demás verduras de consumo familiar. Aquí en Amorebieta, un pueblo, los emigrantes extremeños habían ocupado un terreno abandonado con sus huertas, al cual en el pueblo denominaron “Plan Badajoz”, en memoria de uno de los planes del Generalísimo gran matarife del Reino de España.  Pero aquel Plan Badajoz desapareció, y  ahora es una campa de hierba municipal que solo sirve de adorno del paisaje. Algunos ayuntamientos animan a jubilatas y no jubilatas a cultivar sus propias verduras. Pero otros no, de hecho  yo he conocido Bilbao rodeado de miles de pequeñas huertas que han sido eliminadas.
       El caso es que aquel sistema de huertos o minihuertos familiares surtía a buen número de casas de verduras para el menú de cada día. Las cuales verduras, al desaparecer aquellos huertos, deben ser compradas en los supermercados, procedentes de invernaderos de Almería o de dios sabe dónde de ultramar, pochas, podridas, deshidratadas…
       Es el imperio del capital mercantilista sobre la agricultura tradicional amiga Ester, bella Ester…¿Por qué no escribes sobre cómo las grandes cadenas de alimentación se han propuesto eliminar a los pequeños cultivadores de pequeños huertos familiares?
       Te aseguro que mi mujer y yo hemos sufrido lo nuestro emigrando de huerto en huerto, expulsados de todos, hasta que hemos tenido que tirar la toalla. Y no tenemos alta idea de Mercadonas, Días, Sabecos, Eroskis ni toda esa cuadrilla de carroñeros…

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