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Clelia partió a encontrarse con Jerònimo

CleliaClelia se nos fue ayer 4 de noviembre

La despedimos en su casa

de 14 a 23hs en Gaona 1367

Partiremos a las 10 de la mañana

hacia el Jardìn de Paz El Campanario de Florencia Varela

Ruta Provincial Nª36 Km 34.2 (ex Ruta 2) Rotonda de Alpargata

ATRIO se une a la pena y al amor de sus familiares y amigos

CLELIA LURO, EL AMOR DE JERONIMO

Querida madre, querida abuela, querida bisabuela, amiga querida,

Ayer a la noche  4 de noviembre y después de breves horas de internación en el Sanatorio Guemes, Clelia decidió irse a reunirse con Jerònimo, que habìa partido hace 13 años.

Luego del fallecimiento de Jeronimo, ella nunca fue la misma, lo extrañó cada instante de estos 13 años.

Se mantuvo ocupada, inquieta, tratando de editar sus cartas, haciendo libros, difundiendo su pensamiento, continuando la lucha por el celibato opcional y con los curas casados, preparando la fundación que llevará su nombre. Pero fue mucho dolor, que la fue apagando.

Clelia fue una guerrera, con Jero pelearon por su amor hasta en el Vaticano.

Un cura? No, un simple cura no era, no.
Era el obispo de Avellaneda!, Monseñor Jerónimo Podestá.

Sufrieron. Pero eso los hizo más fuertes. Atentados, exilio y  persecuciones, Y siguieron juntos, siempre juntos.

Le dolìa la Iglesia, y estuvo siempre presente tratando de ayudar a pensar a quienes harìan una verdadera Iglesia del Pueblo de Dios en Marcha.  Le dolìa el paìs, luchaba por acompañar los procesos de cambio que se dieron en estos años en los que siempre pensaba y sentìa que a Jerònimo le hubiera gustado vivir y compartir en esta pujante Latinoamèrica Unida.

cleliayjeronimo3-3

Se adoraron. Fueron muy felices.

Una historia de amor y lucha, rodeada de hijas, nietos y biznietos, amigos entrañables, compañeros fieles y leales.

Una vida rica de conocimiento y aprendizaje, sumado a su inmensa Fe .

Una ideología clara, donde el ser persona era lo primordial.

Una mujer muy fuerte, que defendió hasta hoy, su historia de vida.

Gracias por habernos dado la vida y habernos acompañado con tanto amor.

Tu Gran Familia te va a extrañar…

18 comentarios

  • m. pilar

    !!!Gracias Oscar por este hermoso semblante de Clelia!!!
    !Qué mujer tan extraordinaria!
    !Qué pareja tan formidable en su entrega, amor, respeto mutuo, trabajo incansable a pesar de las dificultades!
    Han sido admirables y siempre estarán en nuestros corazones.
     
    m pilar

  • oscar varela

    Hola!

    Aporto a ATRIO un Estudio –el único que yo conozca- sobre “Sujeto femenino y palabra escrita. Expansión de la esfera pública y discursividad política” analizando la Auto-Biografía de Clelia: “MI NOMBRE ES CLELIA”.
    …………………

    E-mail de la Autora a Clelia – Sábado, Octube 09, 2010

    Clelia, querida!!!
    Hace días quería escribirte pero no tenía tu dirección. Eugenia me la ha dado y me he puesto a escribirte enseguida.

    Sé que acabas de publicar un libro, tuyo y de Jero, sobre las Malvinas. Felicitaciones!!! Te mantienes activa y con un ánimo excelente…
    Mira, yo en la Universidad de San Marcos de Lima, la Decana de A. L., en una investigación interdisciplinaria en la que formo parte, este año se eligió el tema de la palabra pública femenina y yo elegí dentro de lo testimonial, trabajar tu libro “Mi nombre es Clelia“.

    Te envío las páginas que presenté; espero no haya nada que te disguste, pero sí me gustará tener tu parecer. También se las he enviado a Eugenia.

    Aquí en Lima estoy solita este mes. Eduardo viajó a España para ver nuestras familias de Barcelona y de Madrid. Yo no pude acompañarlo por las clases… y además estuve ya en el pasado febrero.

    Me encantaría volver a Argentina, pero por ahora lo veo difícil, a no ser que saliera algo que pudiera justificarlo ante la Universidad…

    Besos a tus hijas todas y amigos comunes.
    Un abrazo grande.
    Ana Gispert-Sauch
    ……………..

    PALABRA DE MUJER: SENTIDO Y SIGNIFICADO
    (Aporte a la investigación dirigida por Sonia Luz Carrillo, Sujeto femenino y palabra escrita. Expansión de la esfera pública y discursividad política, en el Instituto de Investigaciones Humanísticas de la UNMSM)
    Ana María Gispert-Sauch Colls

    Según el lingüista Ramón Trujillo, el significado de una palabra cualquiera es, como mínimo, “un objeto confuso” o, si se quiere, “una intuición idiomática inmediata” que, de acuerdo con el principio de identidad, no puede tomar la forma de otra palabra sin dejar de ser lo que es[1].  En consecuencia, ninguna palabra puede ser una cosa diferente a lo que es, y sólo podrá definirse mediante el recurso a imágenes o semejanzas.

    Hans George Gadamer, uno de los lingüistas que más ha tratado sobre el sentido de la palabra, al considerar al ser humano como ser de palabra, llega a expresar que  “hablar es buscar la palabra. Encontrarla es rebasar un límite”[2]. Quien de verdad quiere hablar a alguien, busca la palabra adecuada porque cree que lo que no logra decirse está por encima de los límites de lo finito. Gadamer prioriza el “querer decir” sobre el propio texto, pues éste es siempre una “identidad interpretativa”.  Todo ello nos prepara a acercarnos a la palabra humana con cierta reverencia y temor: nuestra interpretación  podrá ser limitada, a veces oscura u opaca,  aunque a esas “tinieblas del lenguaje” –como él las llama- podemos acercarnos con el diálogo, único camino de la comprensión.

    Hablar de palabra escrita es remitirse a una apropiación – aún más intensa, si se quiere – del pensamiento, que traspasa la barrera del mundo privado al espacio público. La palabra escrita expresa una manera de entender el mundo, un saber. Y si esta palabra escrita es de mujer, expresará además  una manera propia de saber, de irrumpir y transformar la escena pública diferente a la de los hombres. La intuición, cualidad tan femenina y poco apreciada por los académicos del pensamiento,  y la libertad de “salir afuera” lo  gestado dentro, hacen que la palabra escrita de mujer tenga un impacto de múltiples implicancias sobre la sociedad; la más visible es muchas veces  la de trastocar, permutar el orden establecido. Podemos decir que el sujeto femenino, al escribir, socava las invisibles barreras que lo separan del espacio público. Si además, se trata de una autobiografía como en nuestro caso,  esta traiciona las contradicciones de una supuesta separación entre lo público y lo privado. [3]

    En este trabajo quiero presentar la palabra escrita de una mujer adulta, de clase media,
    argentina salteña, mística, intuitiva, inquieta, rebelde, sentimental, profundamente creyente, que sabe escuchar la voz del corazón y las exigencias de la razón.  Su obra , Mi nombre es Clelia[4], está formada por los recuerdos ordenados de su vida,  es decir , la “memoria” – sobre la que hablaré más adelante-, por cartas enviadas a sus amigos (las que ella pudo recuperar) y por su diario personal, que incluye muchas veces fragmentos de cartas recibidas. Estamos, pues, ante un libro testimonial, autobiográfico, que comprende  la palabra que brota de la memoria reflexiva y retrospectiva; cartas que expresan un sentir más espontáneo y surgen de la necesidad  del corazón; y su diario personal, que expresa en palabra escrita aquello que es apenas reflexionado pero sí sentido, aquello que no tiene perfiles pero que está ahí como una bruma que va despejándose a medida que brotan las palabras desde el blanco del papel. Ahí, creo, radica la importancia de tratar de analizar este libro que, si bien no es muy conocido en nuestros ambientes académicos peruanos, puede ser un modelo o guía para analizar otras obras de autoras peruanas no tan conocidas o promocionadas por los medios[5]. Las autobiografías de mujeres son un material particularmente rico para explorar la relación entre la escritura femenina y la historia.
    ***
    En esta primera parte de mi trabajo, quiero exponer brevemente  la estructura de la obra en cuestión. La autora la divide en ocho partes o capítulos que tienden a seguir un hilo cronológico, aunque no de modo rígido, pues son –como he anunciado- el producto de  la memoria de sus recuerdos, su diario personal, cartas  escritas por ella o recibidas de sus amigos, y, además, las permanentes reflexiones personales que surgen en el proceso de hacer presente el pasado. En la segunda parte, ahondaré en aquello que caracteriza la palabra de mujer – en este caso, la de Clelia Luro – a partir de sus mismas expresiones, repeticiones, énfasis, sentires y percepciones, y su impacto en la escena pública. Trataré de descubrir los ejes fundamentales que recorren el sentir y proceder de esta mujer a lo largo de todos sus capítulos.

    En la carátula del libro que analizamos, debajo del título Mi nombre es Clelia, aparece en forma de subtítulo, en letra pequeña  y entrecomillado, “Esa mujer”, “Esa señora”, “La consabida persona”. “Así siempre se refirieron a mí en el Vaticano, sin pronunciar nunca mi nombre”. Son sugerentes alusiones a la situación de negación  y silencio forzado al que ha sido tantas veces sometida en la historia la palabra de mujer; y  si, por osadía, esa palabra ha sido dicha y escrita, entonces se trata de negar el nombre, el rostro. Sin rostro es más fácil perder el rastro…

    La primera parte del libro que analizamos es fruto de la memoria de Clelia, es decir, del esfuerzo por hacer presente el pasado de ella. El ser humano codifica la información y vivencias  seleccionándolas, y las recupera de acuerdo a las emociones, censuras y valores propios del momento. La psicología ha estudiado la relación entre memoria e interés, así como entre memoria y género. En el caso de la memoria femenina  podríamos decir que se identifica más con el alma, con el “yo”, y este “yo” no es solo un pasado, es algo actual. La memoria da un sentido a nuestro actuar actual, por eso está ligada a la identidad y, en el caso que nos atañe, a la identidad femenina. Esta memoria almacenada, traducida en relatos o palabra escrita tiene, por su carácter simbólico, una dimensión colectiva. Sus palabras ya no pertenecen sólo al espacio privado, individual, son públicas, colectivas.

    Clelia Luro recuerda – etimológicamente, recordar  es “volver al corazón”- las vivencias que más le impactaron  en el pasado: un tapado de piel, blanco, de cuando ella tenía tres años…(pag. 9); el supuesto cruce de miradas con el futuro Pío XII, desde su ventana, cuando el Congreso Eucarístico (pág. 11); su primera comunión (págs. 12-13), etc. “Memoria viva”, enriquecida por reflexiones posteriores y a la vez empobrecida por el olvido de detalles o aspectos secundarios.  A partir de ahí,  la autora recorre su infancia y las palabras que su madre le había dirigido siendo niña, memoria acumulada, sobre la cual Clelia construye sus reflexiones cual andamios, uniendo así pasado y presente. La memoria no es algo estático; es un movimiento que nos impulsa a seguir viviendo, que nos invita a objetivar lo más subjetivo. Y la memoria, al transformarse en palabra escrita, se convierte en texto cuya interpretación, por parte de los lectores, escapará sin duda a veces a la intencionalidad de la autora.

    Así Clelia pasa revista, en poco más de 50 páginas, como en vuelo de pájaro, a su familia: madre, padre separado cuando ella tenía dos años, abuela, hermana, “abuelastra” (tan mala como las madrastras de los cuentos); al colegio, los internados, el ingenio azucarero de San Martín de Tabacal (a 300 kms al norte de Salta); a su despertar a la adolescencia, su religiosidad  vivida con fe, su matrimonio con Jaime (que nunca fue un encuentro de personas); a la múltiple maternidad con sus gozos y dificultades. Se detiene después a narrar la impresión que le produce la pobreza de Mario; su amistad con el obispo de Salta; su encuentro con Francisco (cura alcoholizado a quien ella ayuda), y gracias al cual tendrá el encuentro definitivo en 1967 con Jerónimo Podestá, obispo de Avellaneda, con quien compartiría  anhelos, luchas y esperanzas hasta la muerte del mismo, en setiembre del año  2000.

    La segunda parte del libro la conforman principalmente algunas cartas a su amigo Hugo, las que ella recuperó posteriormente. Estas cartas van desde 1958 (ya tenía entonces cinco hijas) hasta 1965.  Hugo, boliviano residente en Argentina,  fue el paño de lágrimas durante su crisis matrimonial que terminó en divorcio.. Él le dio fortaleza en los momentos más difíciles. Finalmente renunció a él con esa intuición certera tan característica de Clelia. Hugo, entonces,  enrumbaría también su vida retomando el noviazgo que había interrumpido al conocer a Clelia.

    Las cartas tienen otra característica distinta a la memoria: quien las lee no tiene que seleccionar los hechos. Están ahí, palabras sobre papel; escritas para un destinatario concreto; no es un material creado  para socializar. Sin embargo, al ofrecerlas en el libro, el texto adquiere otra intencionalidad. Fácil es descubrir en ellas el contexto: la separación matrimonial, el juicio de divorcio, la lucha por la tenencia de las hijas, la búsqueda de medios para mantener a sus hijas. Las cartas a un amigo o amiga queridos son la más valiosa  demostración del propio ser, es el ser que habla en ambos. A diferencia del diario personal, en la carta está siempre el rostro, el gesto, el afecto y, en cierta forma, la respuesta adelantada del destinatario, que es a la vez el único poseedor del tesoro escrito.

    El tercer capítulo (tercera parte)  está conformado por los recuerdos de su lucha por la tenencia definitiva de las hijas y por retazos de cartas a Pedro Lira (vicario del Arzobispado de Salta y posteriormente obispo) y a Raúl, sacerdote de Tucumán  que animó a Clelia mientras vivió ahí. Son cartas que comienzan en torno a la Navidad de 1965. Mis cartas a Raúl y Pedro son también como un diario hasta mi encuentro con Jerónimo (pág. 106). Para el resto del libro – en palabras de la autora- escritos, cartas y diarios seguirán acompañándome y facilitándome el relato de mi vida, ya que conservan el calor, el gozo y el sufrimiento de cada momento en que fueron escritas (pág. 106).

    El encuentro con Jerónimo Podestá (obispo de Avellaneda) marcaría el resto de la vida de Clelia Luro. La diócesis de Avellaneda era fundamentalmente obrera y Podestá era un hombre progresista, portavoz de los nuevos principios y actitudes del Concilio Vaticano II y de gran prestigio entre el clero joven. Había sido además profesor de teología en el seminario de La Plata (provincia de Buenos Aires). Era un hombre comprometido con el mundo obrero y el proceso político argentino y conocedor de la superestructura de la institución eclesiástica. Luro entró a trabajar en el equipo de secretaría de la diócesis, y llegó a ser secretaria personal del obispo. Muy pronto se dio cuenta de las afinidades entre ambos y de que la mutua amistad sobrepasaba las funciones estrictamente laborales. Empezó así para Clelia una dimensión más política dentro de la estructura jerárquica de la iglesia, a la que se enfrentó críticamente no con discursos ideológicos sino a partir del trato que recibía como  mujer.

    Jerónimo Podestá y Clelia Luro compartían la preocupación por la iglesia en la búsqueda de caminos de justicia y libertad, y el compromiso político a favor del sector más marginado del país. Clelia le acompañó el resto de su vida. Mantuvieron ambos una grande y profunda amistad con dom Helder Cámara, obispo de Recife, Brasil. Varias cartas de Clelia y su diario dan prueba de ello. Se casaron en 1972. Fueron años de enfrentamiento con la institución eclesiástica, viajes de ambos al Vaticano, suspensión  de las funciones episcopales a Podestá, en Avellaneda, y de compromiso político. Todo ello provocó consecuencias, traslados, viajes inesperados, como el del exilio en Perú (1974-1978) durante el régimen militar argentino.

    El epílogo del libro es de nuevo una memoria viva: he llegado al final de mis escritos y recuerdos, que no son recuerdos sino un eterno presente para mí. Eterno presente  que va creciendo y madurando y que nunca se aparta de aquellas experiencias místicas de mi niñez… (pág. 401). Familia, hijas, amigos, utopías, ansias de una iglesia-comunidad de amor y la lucha permanente por la libertad transitan velozmente como  un querer prolongar este eterno presente de todos, cada quien con su aporte particular, y de modo especial el de Jerónimo, de quien afirma: sus pasos no van solos ni acompañados por alguien que detrás suyo va pisando sus huellas. No. Sus pasos van acompañados de mis pasos y es por eso que nuestra historia es una siendo dos (pág. 403).

    En 1995 Clelia Luro entregó su historia, no porque fuera  más o menos importante que otras sino porque – como dice – es la mía y la que se me dio para dar. Jerónimo Podestá murió en el 2000. Ella sigue en Argentina fiel al compromiso que ambos asumieron.
    ***
    Esta segunda parte es un intento por interpretar[6], a través de la palabra escrita, aquellos rasgos que expresan lo específico –a mi manera de ver- de la femineidad, de una manera de leer la propia historia desde la perspectiva de género. Soy consciente de que la crítica literaria feminista no tiene una metodología propia. Se basa ella en las contribuciones del psicoanálisis, de la lingüística,  semiología, simbología y otros campos de estudio.

    Sin embargo, después de analizar su obra, me atrevo a señalar algunos rasgos de la palabra escrita de Clelia Luro que considero pertinentes, ya que expresan su propia experiencia como mujer y traspasan el umbral de lo privado al entrar en la esfera pública.

    Libertad y autenticidad

    Clelia persigue algo durante toda su vida. Ni resulta muy difícil precisarlo. En realidad, nos lo dice ella misma en la Introducción: Tantas veces nos preguntan ¿qué pretenden ustedes?, y siempre respondemos lo mismo: sólo abrir caminos de Libertad. (pág. 7).

    Ese valor, tan permanente arraigado en la cultura (inadecuadamente) llamada “occidental”, que recorre toda la historia europea para saltar en un momento al continente americano, la libertad, fue una luz guía desde las victorias griegas sobre el invasor persa hasta la Revolución Francesa, pasando por el humanismo renacentista. Clelia lo sintió, antes de saber expresarlo, desde su niñez. Me echó de la clase, pero no me dio explicaciones (p. 20). Lo dice comentando el peso que sentía en el colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón. Cuando es trasplantada a otro colegio, el de las Religiosas del Sagrado Corazón, el relato es modificado radicalmente:

    Mi madre había hablado mucho con la Madre Superiora… que me llevaran razonando y sin violencias…Pude ser verdaderamente yo… El colegio me ayudó a encontrarme conmigo…Sentí que mi consagración era a Dios, o sea a la Verdad (págs. 18-20).

    Eran los años sesenta. Un obispo en ejercicio y una mujer divorciada, madre de seis hijas, proclaman su decisión de convivir. Este hecho fundamental en la vida de Clelia parece decirlo todo. En realidad, el hecho es sólo una expresión más de la decisión fontal de una mujer, la de reclamar su libertad. Cuando le dicen que el Derecho Canónico le cierra la puerta de salida, que debe seguir viviendo con el hombre a quien no ama, escribirá:

    Mañana se cumplen diecisiete años de mi casamiento, parece mentira. Hace diecisiete años era una inconsciente, estaba aún muerta porque no sabía amar, y así pasé tantos años. Media vida atada a un “sacramento” que dicen no puedo sacar de mí (pág. 115).

    Este anhelo de autenticidad le acompañaría toda su vida. Pretendía la libertad para ella  y también para los demás. Tanto así que le repugnó lo que su primer esposo, Jaime, le dijo un día para pretenderla: Me dijo que él sería junto a mí lo que yo quisiera (22).

    La rebeldía de Clelia era siempre para conquistar la autenticidad. Mi rebeldía de mujer cada día era más fuerte, y nada me haría aceptar la vida que hasta entonces había aceptado al lado de Jaime, ni siquiera mi fe en Dios (pág. 77).
    Una mañana fue a desahogarse donde el nuncio del Vaticano en Argentina. Cuando éste le pidió acortar el tiempo de la entrevista, le respondió: No. Ahora voy a tomarme el tiempo que sea necesario para decirle lo que siento…Quiero que primero me mire, que me visualice bien…(p. 109). Hay que destacar cómo esta mujer privilegia el gesto de los seres animados por excelencia, la mirada, y reiteradamente usa el verbo “sentir”.
    Esta actitud estuvo también presente a la hora de tomar una decisión entre abortar (así se lo aconsejaba su amigo ginecólogo) o proseguir el embarazo de un ser destinado a vivir como  sordomudo, ciego y posiblemente con lesiones al corazón. Clelia decidió sin titubeos. ¿El motivo?: La felicidad está dentro de nosotros y quizás un ciego o un sordo goce con una intensidad mayor que un ser que ve o que oye (pág. 29). (De hecho, el feto llegaría a ser Nannina, su hija sordomuda que pudo ubicarse en la sociedad y formar familia).

    Yo explicaba que, desde que siento dentro mío un hijo, lo siento vivo aunque no lo vea y por eso para mí es lo mismo matarlo en mis entrañas que matarlo teniéndolo en mis manos. Siempre sentí así, pero no juzgo a quienes sienten diferente (pág. 29).

    Y en una entrevista medio increíble con el secretario de Estado del Vaticano de entonces, cardenal Benelli, y nada menos que durante una hora, Clelia hace una neta distinción entre “persona” y “funcionario” (págs. 173ss). La contraposición de estos dos  vocablos elegidos expresa acertadamente la autenticidad que ella siempre pretendió.

    En una carta a su hija Ángeles, el día que ésta cumplía sus quince años, le habla así de su nacimiento: A las once del día 18 de octubre comenzaste  a rebelarte dentro de mí y a clamar por tu libertad…(pág. 328). Llegado el momento y ante una orden judicial, no se opone en realidad a que las hijas vivan con su padre, con quien andaba en trance de divorcio ya; lo que exige es que el juez de menores les pregunte qué quieren, dónde quieren estar, y las respeten, porque no son muebles, sino personas (pág. 100).

    Una persona en busca de sí misma

    Ese matrimonio con Jaime fue a todas luces un error. Llega a escribir que la aceptación de la unión conyugal, del acto sexual, se fue convirtiendo para mí en una verdadera tortura (pág. 24). Testimonio diametralmente opuesto es el que rendiría cuando halló a su pareja de verdad, Jerónimo:

    Al abrazarse nuestros cuerpos sentíamos algo así como si fuéramos dos seres que se fundían en uno solo, penetrando cada vez más profundamente el uno dentro del otro, con el impulso elemental de convertirse en uno solo (…) Todo esto es muy difícil de explicar porque es intransferible y las palabras no bastan; yo sólo era la tierra, la humanidad sedienta de amor…[7]

    Durante el matrimonio con Jaime no se sentía realmente esposa. Sí, en cambio, muy madre. Clelia llegó a tener, en su relación legal con Jaime, hasta seis partos que abrieron la vida a seis mujeres. Pedro (el obispo Lira) un día me llamó “madre hembrista” y creo que tenía razón (pág. 49). Ante la ya posible separación definitiva de Jaime, él le planteaba quedarse con las hijas.

    Yo como mujer quizás podía plantearme ser feliz con una nueva pareja, pero sin renunciar a ninguna de mis hijas. Por otro lado, pese al gran amor que vivía con Hugo, en el fondo sabía que él aún no era el encuentro total para mí. Como mujer me hacía feliz, pero no plenificaba mi espíritu ni compartía la misma opción de vida (pág. 76).

    Clelia no da cuenta apenas en su relato autobiográfico de la existencia en su vida de mujeres amigas. Las hubo, pero la relación con ellas no ocupan muchas líneas. En cambio, apareció en su vida una amistad poco común, la de Hugo. Él fue quien me sostuvo y acompañó con su presencia a mi lado, o con sus cartas a la distancia, durante los años más difíciles que he vivido (pág. 59). Clelia estaba comprometida, así que Hugo decidió alejarse antes de que los sentimientos de ambos se tornaran dominantes. Hugo siguió siendo su mejor confidente, pero en forma epistolar. Esta poco usual amistad se inició en 1958 y permanecía intacta cuando Clelia – era ya abril de 1966 – conoció a Jerónimo Podestá. Posteriormente Hugo, recuperada la relación con su novia anterior, contrajo matrimonio con ésta.

    Credulidad

    Una mujer tan difícil para ser atrapada por normas, preceptos, órdenes y disposiciones legales, dogmas y creencias de orden religioso, hace que ciertos rasgos de su personalidad se vuelvan más llamativos. Nos referimos a su a veces pasmosa credulidad frente a realidades oníricas, presentimientos y aun presuntas premoniciones. Citamos algunos ejemplos.

    Siendo ella niña, el cardenal Pacelli y futuro papa Pío XII estuvo en Buenos Aires como delegado papal en el congreso eucarístico. Mi madre me ayudó a subir a la ventana y, cuando el cardenal pasó,… miró hacia arriba y yo sentí que me miraba (pág.11). Esta mirada, real o imaginada, queda dentro de Clelia. Transcurridos muchos años, en una visita  a Roma, me puse a conversar con aquel Eugenio Pacelli a quien de niña vi pasar desde la ventana de mi cuarto (pág. 61). Comencé a dudar y a conversar nuevamente con Pío XII pidiéndole perdón por mi incredulidad (pág. 62). La tal incredulidad se refiere a que había pedido en su interior a dicho Papa que, antes de llegar al aeropuerto de Orán, en Argentina, alguien le ofreciera una rosa roja. Efectivamente, un desconocido se la entregó…
    Pero la credulidad de Clelia en acontecimientos inexplicables llegó más lejos: …volví a pedirle (al mismo Papa) otra señal: que, antes de entrar a mi casa, María, mi hija…tenía que esperarme en la puerta con otra rosa roja… (pág. 62). María, efectivamente, la recibió con una rosa roja…

    No importan  aquí los análisis que podamos hacer del hecho, pero Clelia narra  en su autobiografía el sueño que tuvo el veinte de julio de 1965. Sintetizando, el sueño sucedía en una “diócesis obrera”. Iba allí en busca de trabajo y le acompañaba una amiga. Al ver la mesa desordenada, Clelia se ofrecía a cambiar esto. La respuesta del prelado – siempre en el sueño – había sido:

    No. Usted me va a ayudar a cambiar la iglesia. En este momento me desperté, pero créame, Pedro, me quedó una impresión como de premonición (…) Estoy bien, sigo luchando fuerte, pero quería contarle este extraño sueño, que quizás preanuncia un nuevo rumbo en mi vida (pág. 102).

    Ese sueño se convirtió –conforme a la misma autobiografía – en un hecho real. Fue el 22 de junio de 1966, en la diócesis obrera de Avellaneda. En el encuentro, definitivo para ambos, con el obispo Jerónimo Podestá,  a quien había conocido el 23 de abril del mismo año, Clelia se ofreció a arreglarle sus cosas, a lo que el obispo Podestá respondió: No. Usted me va a ayudar a arreglar la iglesia (pág. 116).

    Perspicacia intuitiva sui generis

    Esta perspicacia, intuición, o como queramos llamarla, acompaña el relato escrito de Clelia desde su niñez  hasta la edición del libro en 1996. Vale la pena transcribir cómo reaccionó ante la orden de un juez por la que se le obligaba a entregar la custodia de sus hijas a Jaime, padre de las mismas. Fue una estrategia astuta y acertada.

    (Jaime acababa de enseñarle la orden del Juez de Orán de que le entregara a sus hijas). Lo calmé como pude, traté de hacerme la comprensiva, y le respondí que viniera al día siguiente a las diez de la mañana, que las chicas estarían listas para irse. Una vez que quedé sola traté de pensar rápidamente cuáles serían mis próximos pasos. (…) Tomé la decisión de escaparme con todas, no me quedaba otra salida. (Clelia fue a casa de una amiga, le dio dinero y una autorización para sacar las valijas del hotel y pagar la cuenta. Ella salió a las cinco de la madrugada con sus seis hijas, la mayor de catorce años, la menor de dos. Tomó un ómnibus para ir a Salta y de ahí a Orán. Dejó dicho en la recepción del hotel que, cuando llegara Jaime, le dijeran que ellas volverían a las diez.

    Después de un largo viaje, llegaron al Tribunal de Orán. El juez se sorprendió al verme  y me preguntó: ¿Y sus hijas?. Están todas en el hotel, doctor. ¿Usted pensaba que me quedaría en Córdoba para que me las llevaran por la fuerza? No, doctor. Quiero que el Defensor de Menores hable con ellas, las invite a tomar una Coca Cola en el club, y sin que se den cuenta , conversando, les pregunte qué quieren, dónde quieren estar y las respeten, porque no son muebles, sino personas.

    (Así se hizo, y después de una hora de conversación de las hijas con el Juez de Menores, regresaron con una orden judicial  para que se quedaran a estudiar en Córdoba. El padre, después de buscarlas infructuosamente, regresó en avión a Orán). Cada vez que me acuerdo de este suceso, me maravillo de lo bien que lo pudimos sortear (Págs. 98-100).

    La estrategia empleada, y la narración de su puesta en práctica es femenina por entero. He subrayado algunos rasgos de esta “femineidad” para resaltarlos. Porque lo que interesa en el presente trabajo no son tanto lo hechos en él relatados, sino la manera específicamente femenina de relatarlos.

    Palabra femenina: “literatura del sentir”

    Cuando se adjetiva de “femenina” una literatura, muchas veces se hace en consideración de la temática en ella desarrollada. Pero la forma literaria – lo hemos dicho al comienzo de estas páginas – es de una importancia decisiva. Cuando la  palabra escrita es de mujer, expresará una manera propia de saber, de irrumpir y transformar la escena pública, diferente a la del varón. Esta modalidad expresiva recorre todo el relato autobiográfico que  he elegido como ejemplo paradigmático. Mi pretensión es que otros se sientan motivados para hacer la lectura de otros escritos (especialmente narraciones testimoniales) de mujeres que puedan enriquecer los estudios sobre la palabra escrita por mujeres.

    La pareja Jerónimo-Clelia compartía ya tres años su vida.  Explicando la manera de trabajo en equipo que practicaban, Clelia escribe:

    Yo entregaba generalmente mis intuiciones y Jerónimo me exigía que yo las expresara correctamente, con palabras justas que yo no hallaba o que sentía rechazo en buscar (…) insistía en que debía dar razón de mis afirmaciones…A veces las diferencias entre varón y mujer eran “insuperables”, hasta que aprendimos a callar y tomarnos de las manos o mirarnos (…) después, el escollo quedaba superado (pág. 225).
    Podemos afirmar que se trataba de diferentes literaturas de género, las cuales no podían “superarse” en el terreno literario por lo que, acertadamente, ellos inventaron la manera de librar la batalla en otro terreno, el psicosomático, mediante el silencio, el tacto físico, la mirada.

    No es aquí la ocasión para hacer una lectura psicológica de los hechos narrados. He decidido ceñirme al análisis de palabras. Ellas son las que “sacan afuera lo gestado dentro”. Lacan crea la categoría “lalangue” (así, todo unido, artículo y sustantivo) en un intento de unir goce, deseo, placer con  la lengua: todo es significante; tensión entre pasión y razón que, de alguna manera podría reflejar lo expresado por Clelia.

    Si uno lee con la atención puesta en las palabras, descubre, por ejemplo, que se puede llegar por primera vez a una localidad y narrar el hecho simplemente de la siguiente manera: Ahora  estoy en Cuernavaca, ¡qué maravilla el canto de los pájaros y el color de las flores! (pág. 208).

    He hecho el ejercicio de sobrevolar de nuevo el texto Mi nombre es Clelia y he ido descubriendo en él un verbo dominante: sentir. Clelia “siente” desde la primera hasta la última página. “Sentir”  posee multitud de objetos o complementos directos en el texto analizado (miedo, cólera, frustración, añoranza, alegría, decepción, desánimo, entusiasmo, alegría, fatiga, rechazo…). Pero asume también cada uno de los cinco papeles correspondientes a los cinco sentidos corporales. En efecto, es un aforismo conocido de la filosofía escolástica más rancia aquel de que “nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en los sentidos”.

    Resulta en sumo grado interesante el pseudodiagnóstico de un psiquiatra de la clínica donde Clelia se internó para una cura de sueño: …me dijo que estaba enferma del sentimiento y que era morbosa mi forma de sentir (p. 69). Así al menos lo entendió Clelia…

    Pero los sentidos, en un lenguaje muy propio de mujer,  operan también sobre objetos que escapan a la naturaleza física. Así podemos leer en el libro que nos ocupa que es posible “sentir lo diabólico”: tendría que decir, para ser fiel a lo que viví, que nunca he visto al diablo ni creo que se lo pueda ver, pero sí que sentí y percibí lo diabólico en él (pág. 110); “mirar la belleza”: Aquí estoy en la montaña, sola, mirando esta belleza (pág. 363).  La sensación de algo muy sucio no me abandonaba (pág. 167). (Experimenté una) sensación de vacío y soledad (pág. 76). Esta sensación es provocada – escribe Clelia – por un hombre que toma la mano entre las suyas, una mujer que camina con la mano de su marido apoyada en su hombro, un hijo que va en brazos de su padre, una mirada de ternura. Es la sensibilidad de una carne que, herida en su piel,  se resiente al menor roce (ibid.). Aquí me tienes sintiendo el vacío de la camita (pág. 351). Nuestra  casa…me duele, llega a decir (pág. 287). Esta revolución (la peruana) se ha metido en mis venas (pág. 306). Sentimos la presión de la jerarquía eclesiástica (pág. 251). Siento rechazo de toda acción…(pág. 211). Jesús ha revestido su persona con los encantos más palpables… (ibid.). Donde un varón, tras un análisis político, anunciaría un conflicto político violento, Clelia habla de olfatear un baño de sangre (pág. 147).

    Es bien sabido que el elemento morfológico por excelencia, a la hora de definir el color literario de la persona que escribe, es el adjetivo. De la mano de Clelia, los adjetivos califican saltando de lo mensurable a lo no mensurable en forma despreocupada: Una mirada puede ser corta (pág. 380), así como puede ser pequeño un pensamiento (pág. 373). Un sustantivo abstracto, asimismo, puede ingresar al universo de las papilas gustativas:  la vida puede ser seca o bien amarga (p. 367).

    Después de todo lo dicho, ¿encontramos motivos para hablar de un feminismo en Clelia? Para mí, la respuesta es muy clara: Clelia manifiesta femineidad, de ninguna manera feminismo. Por cierto, la única ocasión en que la palabra “feminismo”  aparece en su libro es en su pequeño discurso acerca de lo incongruente que encontraba la legislación sobre la patria potestad. ¿Cuándo se modificará?, dice Clelia aduciendo al hecho de que, siendo ella la que mantenía a sus hijas, no le otorgaban la (mal llamada) patria potestad sobre las mismas: Después hablan del feminismo. ¿Por qué los  hombres no se esmeran en reconocer nuestros derechos? (pág. 115).

    Una última, pero fundamental, observación. Se refiere a la gran diferencia existente entre los dos caminos que se trazan varones y mujeres para llegar a la acción. En general, los varones, primero piensan, luego expresan lo pensado y, después,  lo llevan a la práctica. No así la mujer. La mujer siente; a continuación, actúa. Clelia lo expresa de una forma sumamente concisa: .. llevar a la práctica lo que profundamente se siente es lo difícil (pág.203).
    ***
    A modo de conclusión

    Mi nombre es Clelia “Esa mujer”, “Esa señora”, “La consabida persona”, “Así siempre se refirieron a mí en el Vaticano, sin pronunciar nunca mi nombre” es la autobiografía de una mujer, donde sus experiencias más profundas se expresan en palabras que exceden su significado.
    La palabra, expresada oralmente o en los papeles, siempre será re-velación, sin dejar de tener, por el hecho de ser limitada, su función velatoria. A veces su destino es trágico, cuando vela lo que ha intentado re-velar. La palabra que intenta vehicular solo ideas resulta especialmente proclive al fracaso. La pluma de una mujer que se siente mujer (no una mujer neutra, reducida a animal razonador, ente pensante), la pluma femenina vehicula preferentemente sensaciones cargadas de sentido.
    Podemos predecir que aquel médico psiquiatra, si leyera esta autobiografía  de Clelia,  confirmaría su diagnóstico. Diría algo así como “la paciente manifiesta síntomas de tener la enfermedad del sentimiento”.  Yo creo que más que enfermedad se trata de un rebalsamiento de vida vivida en profundidad, entregada a su pareja y a sus hijas, a sus amigos naturales, y a los encontrados en su caminar; vida marcada por el amor a Dios, a la  iglesia-comunidad; vida atravesada por el eje de la verdad y la entrega a la causa de la justicia.

    En las palabras de Clelia encontramos unidas y conectadas las preocupaciones cotidianas de toda madre, (la educación de sus hijas, el crecimiento en libertad, la búsqueda de sustento económico) con la lucha permanente por una iglesia-comunidad de iguales (no teme enfrentarse a la jerarquía y decir su verdad), con la participación en el campo político (tanto en Argentina como en Perú), expresadas en sus juicios, reflexiones, sentimientos, intuiciones, y hasta premoniciones, que hacen que su texto sea una memoria integradora, holística, donde la esfera de lo privado se hace pública por la palabra escrita, y lo público se hace carne en su interior y se convierte de nuevo en palabra para todos.

    Decir la verdad, señalar como absurdas ciertas normas, leyes, prescripciones, defender sus derechos, luchar por ellos y lograr mantener su identidad de mujer en una sociedad  marcada por autoritarismos masculinos y/o jerárquicos, “ser una misma” en sus actos y expresiones, es una manifestación de empoderamiento que hace del testimonio escrito de Clelia Luro una referencia importante para la literatura femenina latinoamericana.

    Bibliografía

    Luro, Clelia Mi nombre es Clelia Ed. Los Héroes1986. Santiago, Chile

    Carrillo, Sonia Luz Las profesionales de la Comunicación. Estudio centrado en el sujeto- emisor directo. Lima UNMSM 1994.

    Cornejo Polar, Antonio La formación de la tradición literaria en el Perú. Lim, CEP 1989.

    Gadamer, Hans-Georg Verdad y método. Ed. Sígueme. Barcelona, 1991.

    Guardia, Sara Beatriz (ed).Mujeres que escriben en América Latina CHEMAL 2006, Lima, Perú.

    Marina, José Antonio La selva del lenguaje. Introducción a un diccionario de los sentimientos. Ed. Anagrama. Barcelona, 1998.

    Martínez  Álvarez, Patricia Victoria La libertad femenina de dar lugar a dios . Ed. Movimiento Manuela Ramos  y Programa de Estudios de Género UNMSM. Lima 2004.

    Rich, Adrienne Sobre mentiras, secretos y silencios. Ed. Icario. Barcelona 1983.

    Trujillo, Ramón Principios de semántica textual, Arco-Libros, Madrid. 1996

    Ana María Gispert-Sauch Colls´
    Licenciada en Filología Clásica
    Docente de la UNMSM
    Código 095222
    ·····················
     

    [1] Cfr. Trujillo, Ramón, en Pricipios de semántica textual, Arco-Libros, Madrid 1996, cap. I, citado en Palabra , texto y significado , del mismo autor, Separata de la UNMSM.

    [2] Gadamer, Hans–Georg, Verdad y método. Ed. Sígueme. Barcelona. 1991.

    [3] Saona Margarita  “La autobiografía intelectual como antimonia en la escritura de mujeres” en Mujeres que escriben en América Latina Edición Sara Beatriz Guardia. CEHMAL, 2006. Lima, Perú.

    [4] Luro, Clelia, Mi nombre es Clelia ,Ed. Los héroes, 1996. Santiago, Chile (448 págs.).

    [5] Estoy pensando en Mónica Buse, (Lima,1947), cajamarquina de opción, profesora de geografía, poeta y narradora de distintos hechos de la vida cotidiana, dotada de una sutil facultad perceptiva, autora entre otros de Cartas al Alcalde y otros relatos, Ed. Amc y Lluvia Editores (1992, segunda edición); De oropeles y abandonos. Ciudad de Cajamarca 1900-1950. Ed. Martínez Compañón. Cajamarca 1999; y especialmente  Todos los derechos menos la libertad Ed. Amc y Lluvia Editores, 1992, obra en la que recoge el relato autobiográfico de la trujillana profesional Elvira León.

    [6] Jose´Antonio Marina en La selva del lenguaje. Introducción a un diccionario de los sentimientos.Ed. Anagrama, pag. 159, explica metafóricamente como la comprensión comienza interpretando el texto desde nuestras creencias previas.   “Com-prender”: es como abrazar totalmente; y señala como ejemplo el abrazo del pulpo que lo abarca todo pero no es consciente de sus tentáculos. Con frecuencia –afirma el autor-  comprendemos desde los prejuicios que tenemos (los tentáculos) , y no distinguimos entre lo que una expresión  dice y lo que ha transmitido o comunicado.

    [7] Tomado de El Vaticano dice no. Ed. Letra Buena. Buenos Aires 1992. (págs. 13-44).

  • ELOY

    Gracia Oscar.

    Gente grande, sí.

    ¿Gente positivamente turbadora  de nuestras conciencias?. También.

    Leí atento, Oscar,  tu “perfil” en ATRIO.

    Me hizo pensar.

    Gracias de nuevo.

  • oscar varela

    Hola Eloy!
     
    Te leo:
     
    – “La viuda del ex obispo que hablaba por teléfono con el Papa Francisco”-
     
    Así es. Todos los domingos, durante años, a las 15:00 hs sonaba el teléfono (011) 4581-3064 en la Casona de la Av. Gaona.
     
    Clelia le enviaba reflexio-directivas-broncas y aplausos a Pancho. Tal vez más de 250 largonas.
     
    Pancho jamás le escribió una letra ni la visitó en su domicilio.
    Pancho le prohibió tirar papeles y papeles del Archivo; -“Algún día servirán para la Historia de la Iglesia”- le decía. Y ella obedecía resignadamente.
     
    Personajes muy fuertes. De Antología. Alguna vez se comprenderá. Será algo temprano para que la vida no nos parezca demasiado tarde.
    ………………..
     
    La Nota de Andrea Tornielli en Redes C. se lee:
     
    –       “En 1966 Podestá comenzó una relación (con Clelia) que lo habría llevado al abandono del episcopado un año después. En 1972 abandonó el estado clerical y se casó con ella.”-
    (solo en “bastardilla” porque no merece la “negrita”)
     
    Estos datos son solo para una Letra de Tango o para una Novelita sentimental.
     
    Veamos:
     
    1)    Podestá fue defenestrado de su Cargo por intrigas de Nunciatura (Mozzoni) –  Arzobispales (Plaza) – Políticas (Onganía). Dinero y Poder de por medio.
    2)    Podestá nunca abandonó el “estado clerical”. Murió Obispo.
    3)    Clelia tramitó jubilación de viuda de Obispo. Le quisieron dar mucho dinero si retiraba el “trámite”. Vivió muy pobre. Hará solo unos 8 años que le aceptaron el Trámite y cobraba la Pensión de su laburante esposo-obispo fallecido.
     
    Gente grande ¿no?
     
    Oscar.

  • MAR Medina

    Qué hermosa historia. Gracias al autor o autora del hermoso “post”, gracias a Atrio, gracias Pepe Sala.
    Mis condolencias para su gran familia y amigos.
    Un fuerte abrazo.

  • oscar varela

    Hola honorio!

    Te leo:

    -“haber seguido sus huellas, las de Podestá“-

    Ok!. Podría ser.

    Mi experiencia con ellos fue que “huellaban” juntos
    con un compás desacompasado.

    Quiero decir:
    Clelia nunca me lo admitió, pero yo se lo decía:
    Jerónimo “seguía” el paso de Clelia…

    y más de algunas veces … a los empujones!

    Fue bueno que el “ché pibito!” se dejara empujar
    y emparejara ritmo y línea!

    ¡Voy todavía! – Oscar.

  • h.cadarso

      No es un secreto, amigos, que detrás de una gran mujer se esconde un hombre que se crece y saca pecho a costa de su compañera…Nos pasa a todos, los que hemos adoptado la profesión esa tan rara de ministros de una religión ganamos mucho, en general, salvo honrosas excepciones, con vivir a la sombra de una gran mujer. Como Clelia, como mi compañera, como las compañeras de todos ustedes, amigos…
      Podestá estudió en Comillas, Cantabria, y por los caminos de las aldeas seguro que se tropezó con los famosos Juanín y Bedoya, también conocidos de Pepe Sala, ese “lebaniegu”  de todos conocido, con un corazón tan tierno y sentimental como el que se expresa en este hilo. Me siento orgulloso de haber coincidido con él, y supongo que siente lo mismo Duato, y otros que de vez en cuando se asoman por Atrio. Y de haber seguido sus huellas, las de Podestá.
      Contamos con tu ayuda, Clelia, para seguir en la brecha. Y saluda a Jero de nuestra parte.

  • salvador santos

    Ahí va mi abrazo, Clelia.
    También para todos los amigos que te quieren.
    Elegiste bien. Lo tuyo no es el sepulcro.

  • George R Porta

    No conocí a Clelia y a Jerónimo que fueron amigos tan queridos de muchos de vosotros, pero cuando alguien cesa de respirar (trabajo en una unidad de cuidados paliativos y hospicio) le conozca o no siempre doy gracias por todo el bien que hayan hecho en sus vidas. Razón de más para hacerlo en el caso de Clelia y Jerónimo y doy gracias por ambos.

    Al comienzo del comentario sobre el fallecimiento de Clelia escrito por del Sr. Salas aparece una nota de la redacción acerca de que él pida disculpas a las personas que haya ofendido en algunos de sus comentarios. En lo que a mí respecta no tiene que hacerlo si llamarme “rana” y otras cosas constituye un insulto. Realmente no lo sé porque en esta parte del mundo en el que vivo la expresión no es usual, pero del contexto deduzco que no se tratara de un elogio tampoco y comprendo y agradezco su sinceridad al decirme que no me apreciara aunque andaba errado al decirlo porque de hecho me había tomado en serio mi intercambio de comentarios con él, señal de aprecio por mi parte.  En fin, lo que deseo decir es que no quiero ser ni siquiera en lo más mínimo en el caso de que debiera sentirme ofendido por él, causa de que al Sr. Salas no le sea permitido expresarse en este sitio. Es necesario admitir que aunque su estilo parezca airado o lo sea, también es cierto que sea fácil presentir una inmensa sinceridad y un deseo grande de que la verdad sea expuesta, al menos  tal y como él la haya conocido y eso tiene mucho de loable y bueno.   

  • mª pilar

    Ya está donde quería estar, esta luchadora incansable.

    El amor que derramaron en torno suyo, ha llenado la vida de muchas personas… incluso lejanas, que no tuvieron la dicha de compartirlo pero sí, de alguna manera sentirlo.
    Han dejado una estela de vida plena en su humanidad, que no dejó de crecer cada vez con más fuerza, desde su unión.

    Nada les separó, enfrió, apagó…
    ¡Todo lo contrario! Unidos y con su gran amor, no dejaron de trabajar, luchar contra viento y marea, para abrir los ojos, cambiar las miradas, de los que caminan atados, ciegos, secos sus corazones.

    Encontrar entregas llenas de amor de esta calidad… Es casi imposible… pero las hay; ellos han dejado un camino sembrado de plenitud donde quien quiera puede contemplar, aprender, mejorar, sanar…

    ¡¡¡Vivir en plenitud humana!!! Desde una mirada hacia la Esencia fundante de nuestro ser.

    Un gran abrazo a cuantos tuvieron el gozo de compartir sus vidas; siempre estarán en mi corazón agradecido por tanto regalado.

    mª pilar

  • Javier Pelaez

    Leo el pàrrafo que encabeza el comentario de Pepe y,aunque yo pueda entender las razones del Equipo Atrio,le pido clemencia al moderador para con Pepe…En cuanto a  la persona fallecida yo no he sido seguidor asiduo de estas dos personas en Atrio por lo que sonaría  falso que dijera algo…

  • Una oración, para que su partida signifique encuentro con su amado. Pascua de una vida a otra, Pascua de reencuentro.
    Seguro que nos estará esperando a todos los que queremos algo mejor en esta tierra.
     

  • pepe sala
      Dado el contenido de este comentario levantamos la barrera para que entre Pepe en este hilo, esperando que los buenos sentimientos que le ha susitado la muerte de Clelia le lleven a pedir disculpas a quienes, incluso difuntos queridos, ha ofendido en otros hilos. Atrio

    Obviaré la ” tarjeta roja” ( autoimpuesta o impuesta, que mi me da exactamente igual) para decir que siento la necesidad de acompañar en el sentimiento de quienes han tenido la fortuna de conocer y compartir con personas de tal categoría HUMANA
     
    Me refiero a Jerónimo y a Clelia. Me ha encantado la forma de ilustrar la muerte de Clelia. Se murió cuando le dió la gana…
    (Si me lo permiten en esta ocasión, les diré, con peligro de personaleizar nuevamente el comentario, que mi propia madre también murió cuando le dió la gana. De hecho lo comentamos entre mi esposa y yo, puesto que hacía dos días que habíamos estado con ella y no tenái ningún síntoma especialmente raro…pero le notamos que estaba preparanddo su partida. Sus 92 años no eran los decisivos, puesto que la fortaleza física ( muy similar a la que muestra Clelia) le hacían casi inmune a la muerte. Tales fortalezas naturales son casi dueñas de la vida y la muerte, y NADIE ( ni siquiera ” dios”) es capaz de torcer la decisiones de semejantes fortalezas humanas.)
     
    La historia preciosa de la pareja HUMANA  tiene un encanto y una enseñanza de tal calibre que debería ser tratada en las clases de sociología universitaria. Por una vez ( y sin que sirve de precedente) me siento empequeñecido ante semejante muestra de AMOR ( humano) y ante una lucha tan titánica por mantener sus propias ideas.
     
    http://edant.clarin.com/diario/2000/06/24/s-05203.htm
     
    Viendo la foto de la pereja cuando eran más jóvenes, se me hace difícil entender que Jerónimo no le soltara una ” hostia humana” al prepotente Papa que le humilló públicamente. Y si Clelia estaba cerca y le hubiera soltado al tal papa una buena bofetada, seguromque las cosas hubieran cambiado en el Vaticano.
     
    En definitava, que siento rabia por el sacrificio inútil de una pareja de LUCHADORES, que se han ido al otro barrio sin  conseguir un mínimo reconocimiento de su titánica lucha.  Me reconozco también un gran sentimiento de solidaridad y compañerismo por el hecho de conocer lo que significa ” nadar contra corriente”… y vaya que la pareja Clelia y Jerónimo conocieron bien lo que significa un arte tan complicado.
     
    Mis condolencias a quienes corresponda ( familiares, amigos y compañeros de fatigas) y para no ponernos tan dramáticos como el caso requiere, creo que a la pareja de luchadores no les molestaría si digo que:
    En caso de buscar al ” Mister ATRIO”, yo me quedo con Jerónimo de Podestá, en detrimento de Juanel.
     
    (Lo siento Juanel, pero ” para gustos están los colores” )

  • ana rodrigo

    Querido Oscar, te mando un abrazo fuerte por lo que para tí ha significado Clelia en vuestra vida y, ahora en su partida.

  • oscar varela

    Hola!
     
     
    LA  NOCHE Y LA MUJER
     
    ¿Dónde empieza la una y termina la otra?
     
    Flor
    de la noche
    hecha sólo
    de resplandores,
    pero brotada
    de un suave secreto
    del cosmos.
     
    Con su más pura
    vida
    es forma de la sombra
    que mira
    y abre
    blancas sonrisas.
     
    Loca la noche de la ciudad la quema en reflejos
    ¿Se muere en el día como una joya?
     
    La noche de los árboles la entiende.
    Y la calle iluminada
    fija en ella su más viva y delicada pasión.
    ……………………..
     
    Leo:
    –          “Ayer a la noche 4 de noviembre y después de breves horas de internación en el Sanatorio Guemes, Clelia decidió irse a reunirse con Jerónimo, que había partido hace 13 años.”-
     
    No me cabe duda que –salvo casos de accidente- uno se muere cuando quiere.
     
    Es el caso de Clelia, exactamente percibido por sus hijas y familia siempre cercanas:
     
    La muerte de Clelia llega por “decisión”.
     
    Decisión que -desde la muerte de Jerónimo (y de dom Helder Cámara, agregaría yo)- consistió en un “aguantar” su vida hasta ver cumplido el Destino ya percibido de niña, cuando  asomada al balcón de su casa porteña, sintió que la mano bendecidora de Pio XII pasando por la Avenida había detenido imperceptiblemente una mirada que la comprometería de por vida a servir a su Iglesia.
     
    Pienso que el final “nunc dimitis” (permiso de salida) fue el nombramiento de aquél a quien se sentía con la obligación vocacional de madurarlo para re-dignificar una Gobernanza huamanizada en su Iglesia. Pensó, entonces: -“¡Misión cumplida!”- e hizo aquél gesto:
     
    Un  gesto en que comulgábamos: el de sacudirnos las propias manos cuando c/u consideraba que ya había hecho todo lo que “tenía” que hacer.
     
    A este yo, que soy, le corresponde la felicidad de testimoniar lo que Clelia y Jerónimo han hecho en mí. Por eso me cabe más que nunca el “¡VAMOS TODAVÍA!” – Oscar.

  • Antonio Vicedo

     
    Se que el sentido de esta frase (Tu Gran Familia te va a extrañar…) no es la opción ne3gativa del verbo extrañar, sino de lo que de positivo entraña.
     
     
    Por ello, desde la satisfactoria pertenencia a esa gran familia de hermandad me uno al gozo de la plenitud alcanzada ahora por Clelia y realmente compartida con Jerónimo en la Fiesta Eterna que el Padre nos tiene preparada a tod*s sus hij*s.
     
     
    Con cuantos os recuerdan agradecidos por vuestro valiente testimonio de amor mutuo y también eclesial para que pueda ser lo eclesiástico católico, o humanamente universal, expreso mi propio agradecimiento y mi propósito de seguir empujando este empeño de que nada detenga al AMOR, cuando de hacerlo asequible a la Humanidad se trate.
     
    Que el destello de esta proclama de Jesús que recoge el Ev. de Juan y la Iglesia guarda: -“En esto conocerán que sois discípul*s mi*s en que os amáis los un*s a l*s otr*s, nos reoriente a todos para que la Humanidad llegue a ser humana y por ello testimonio de su terrena salvación a Jesús por el Padre confiada.

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