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¿Revolución en Islandia?

Presentamos hoy a debate el ineteresantísmo caso de Islandia. Lo hacemos con un reciente artículo publicado en el Diario Vasco. “Islandia se ha convertido en una luz fulgurante en el erial de las democracias modernas”, dice el autor Daniel Robledo. Esperamos mayor información y valoraciones de todos en los comentarios. Pero, al hacer comparaciones, hay que advertir que Islandia ocupa el nº 177 del mundo en población (131.000 habitantes), con un gran índice de desarrollo (según valoración de la ONU-PNUD, el primero del mundo en 2005 y 2006 ). Estos parámetros permiten ver la excepcionalidad del experimento pero no le quitan importancia al mismo.

Islandia sí es una revolución

DANIEL REBOREDO | HISTORIADOR  El Diario Vasco 15.04.11

El pasado sábado se celebró en Islandia un referéndum con el que se pretendía cerrar el ciclo iniciado con la crisis financiera de 2008 que llevó a la ruina al país y en cuyo proceso los ciudadanos han demostrado lo que se puede hacer frente a la especulación financiera desregulada. Pero, ¿lo han hecho realmente? Y si es así ¿por qué no están inundados los medios de comunicación de noticias relativas al antiguo reino de Thule? ¿Es que acaso no interesa mostrar un camino que se aleja de las autopistas controladas por el FMI y el BM? Todas estas preguntas, y otras muchas, se contestarán de una u otra forma dependiendo de los intereses de la persona que lo haga, pero lo que nadie podrá negar es que los islandeses han sido capaces de mostrarnos una alternativa a las decisiones unánimes que los gobiernos de los principales países del mundo han adoptado para enfrentarse a las consecuencias de la crisis y al papel culpable que se nos asigna a los ciudadanos de a pie en esta trágica pantomima.

Tantas palabras huecas sobre los acontecimientos de los países árabes, tildándolos exageradamente de revolución cuando el poder sigue en manos de los mismos; innumerables artículos dedicados a Grecia, Irlanda y ahora Portugal, y escasísimas referencias a un auténtico proceso revolucionario de consolidación de verdadera democracia sin atisbo alguno de violencia. Sólo los islandeses y su revolución pacífica han sido capaces de derribar un gobierno en 2009 (el del conservador Geir H. Haarden), redactar una nueva constitución y encarcelar a muchos de los responsables de la debacle económica del país, consolidando la democracia más antigua del mundo. ¿Cómo lo han conseguido? De una forma muy sencilla, negándose a asumir las deudas contraídas por los bancos privados y aprovechando el caudal que da la democracia para participar en todas las importantes decisiones que se han adoptado en el país desde 2008. De las mismas caben destacar las elecciones anticipadas de abril de 2009 de las que salió el gobierno de coalición formado por la Alianza Social-demócrata y el Movimiento de Izquierda Verde, encabezado por la primer ministra Jóhanna Sigurðardóttir; el Referéndum de 7 de marzo de 2010 rechazando las negociaciones con los gobiernos holandés y británico para devolver los 3.700 millones de euros de la quiebra de Icesave (filial del Landsbanki) y bloqueando el pago de la deuda; el rechazo del acuerdo aprobado en el Parlamento islandés de 17 de febrero de 2011, ante las presiones de los organismos financieros internacionales, que luego vetó Ólafur Ragnar Grímsson y que dio lugar al referéndum; la ‘Iniciativa Islandesa Moderna para Medios de Comunicación’, proyecto de ley que pretende crear un marco jurídico destinado a la protección de la libertad de información y de expresión; y, finalmente, una ambiciosa reforma constitucional que, por primera vez en la historia, nacerá de un proceso de democracia directa y en la que trabajan, desde mediados de febrero, 31 ciudadanos sin filiación política (el denominado Parlamento Constituyente Asesor) para elaborar un nuevo texto que sustituirá al de 1944.

El silencioso ‘proceso revolucionario’ islandés se inició, tal y como señalábamos, en 2008, cuando su gobierno decidió nacionalizar los tres principales bancos que estaban en quiebra técnica, el Glitnir Bank HF, el Kaupthing y el Landsbanki Islands HF, y cuyos clientes eran principalmente holandeses, británicos y estadounidenses. Bancos que, al abrigo del prepotente y ufano neoliberalismo, se lanzaron a comprar activos y productos fuera de sus fronteras que eran sólo basura. A pesar de la resistencia ciudadana a pagar las platos rotos, los islandeses padecen las consecuencias de la avaricia neoliberal en forma de recortes económicos en la sanidad, la educación y otros sectores públicos; del aumento del desempleo; de las reducciones salariales o de la congelación de los sueldos; del incremento de los precios; del pago del préstamo de 2.100 millones de dólares del FMI; etc.

Jugaban a favor del sí en el referéndum factores como la reducción de los intereses aplicados por Holanda y Reino Unido (5% al 3%), el aumento del valor de los activos del Landsbanki, la fuerte presión internacional y las acciones legales derivadas del no pago. Claro que también existía la posibilidad de que este segundo referéndum no fuera suficiente y en un futuro el Parlamento aprobara una nueva norma para la devolución de los depósitos, lo que nos llevaría a una nueva consulta popular. Pues bien, el triunfo del no coloca al país en una tesitura en la que cualquier negociación que hagan lo será, ya lo es, en mejores condiciones que las de otros Estados europeos e incluso su proceso de adhesión a la UE, iniciado en junio del año pasado, será, a pesar de las declaraciones de algún líder europeo, favorable a sus intereses.

La trascendencia de lo acaecido en Islandia rebasa el pago o no pago de su deuda. En el país nórdico se han debatido y cuestionado los valores que llevaron al boom especulativo y a la incompetencia y deslealtad de los dirigentes públicos y privados sobre los que debe fundarse una sociedad; se ha recuperado el papel de la ciudadanía en la democracia y en la construcción social; se ha recordado que la política y quienes la ejercen deben estar al servicio de los ciudadanos; se ha demostrado que hay otras formas de enfrentarse a la crisis y, finalmente, se ha caminado de la democracia representativa liberal hacia la democracia participativa directa. Islandia se ha convertido en una luz fulgurante en el erial de las democracias modernas. Islandia sí es una revolución.

9 comentarios

  • José Ignacio Calleja

    Amigo Cadarso, qué difícil es hacerse entender a veces. Yo no he dicho ni palabra sobre Islandia. No tenía el conocimiento suficiente. Me he limitado a mostrar un artículo ajeno, de corte “jurídico”, con el fin de enriquecer el diálogo y contar con nuevos datos en nuestro diálogo. El hecho de aportarlo nada tiene que ver con compartirlo. Vamos, creo yo. Nada. A lo mejor soy demasiado “formal” en los supuestos. Pero, es verdad, no lo comparto, sólo lo tengo en cuenta para no perderme y cantar victoria antes de tiempo. Creía que se entendería así, pero veo que no. Saludos cordiales.  

  • h.cadarso

    Si he entendido bien a Calleja y a Pedro que nos transmite las opiniones de un tal Artero, lo que intentan hacer los islandeses no es la solución correcta, es demagogia y egoísmo colectivo de los islandeses que le cargan el mochuelo a los ingleses y holandeses y a sus respectivos gobiernos, y que así se exponen a uns represalias de la comunidad internacional que les van a salir más caras que si pagasen religiosamente la parte del desastre que les dicen que tienen que pagar.
    O sea, Pedro, Artero, Calleja, que no hay otra salida que agachar la muy y dejarse pelar y despellejar como corderitos, que el capitalismo nos tiene cogidos y bien cogidos, que no hay escapatoria… No hay manera de meter mano a los paraísos fiscales, ni a los bonus de los gurús de las finanzas, ni a nada ni a nadie de los culpables de la crisis,el dinero se ha evaporado,  debemos permitir que en este mundo los ricos cada vez sean más ricos y menos en número, y los pobres sean cada v ez más miserables y más numerosos, y los alimentos sean cada vez más caros, y el petróleo siga subiendo disparado hacia las nubes…
    Esto, dicho por El Correo Español-El Pueblo Vasco, órgano de expresión de la banca bilbaína, no me sorprende…Pero yo desearía ver en Atrio propuestas de soluciones, de cómo romper ese juego diabólico del capital que arrasa con todo…El plantón de los islandeses al sistema y a las recetas neoliberales puede ser un tanto inútil y teatral, pero ya era hora de que empecemos a decirles a los gobiernos que hay que buscar otras soluciones y otras recetas…Si no vale lo de Islandia, a lo mejor sirve lo de Túnez y lo de Egipto, o…Todo menos decir Amén, Así sea.

  • Gabriel Sánchez

    En primer lugar el razonamiento de McCoy, es el timpico de la derecha, capitales estranjeros instalan un banco, prometen villas y castillas…para captar dinero…especulan y pierden y la conclusión no es que los capitales de origen son los que deben, sino el estado lamentable y  voy a decirlo todo, si Islandia aprovo que el estado devuelva a los ahorristas de esos bancos connacionales, no es como parecia, entimos que se negaba a pagar la deuda de otros, pero si paga a sus connacionales, lo que habrìa que hacer es ir sobre el capital de origen de esos bancos…Desde cuando la deuda de un privada, se transforma en obligaciones de un país… La derecha neoliberal no tiene limites a su rostro de piedra…Gabriel

  • Pedro

    Lo de Islandia, en mi opinión, no es nada nada ejemplarizante.
    Creo que una reflexión bastante equilibrada es la de McCoy (=Artero) en El Confidencial.
    Invito a leerla y luego que cada uno saque sus conclusiones.

    http://elcomentario.tv/reggio/si-quiebra-la-banca-holandesa-%C2%BFque-pasa-con-los-ahorros-en-ing-direct-de-s-mccoy-en-el-confidencial/14/04/2011/

    Saludos,
    Pedro

  • Gabriel Sánchez

    El asunto es si como Islandia, por ejemplo los países ponen en plebiscito decisiones como esa o los gobernantes toman la decisión a espaldas del pueblo, la pregunta que debería hacer el pueblo en este caso…No será cambiar a los gobernantes, el problema que mientras no estemos entrapado en el famoso partidismo occidental eso es posible, pero cuando existe esa trampa, el protagonista es el pueblo rompiéndolo y votando a los partidos fuera del mismo…
    Parece necesario que el pueblo actué como en ISLANDIA, o se muchos países seguirían entrampados en una noria sin salida y eso que lo de Islandia apenas ha comenzado…Gabriel

  • JESÚS OLLORA OLARTE

    El tema me pareció muy interesante cuando surgió la primera vez, y  me chocó la poca información que dieron los diarios europeos. Buscaba en El País, El Mundo, Deia, La Vanguardia, El Correo y había algo pero muy poco.
    Lo que José Ignacio Calleja nos cuenta es más o menos lo que yo creo que pasó. Pero lo más interesante, para mi punto de vista, es cómo fue posible derrocar al gobierno. Quizá habría que profundizar en la democracia actual, que yo creo que es cualquier cosa menos democracia.
    Para pensar en algo parecido a lo de Islandia, aquí hacen falta un montón de firmas para presentar una proposición de ley que puede ser rechazada en una sola votación.
    La separación de los tres poderes más ese otro poder que es la prensa no existe, que yo sepa a los jueces los eligen los partidos políticos y cuando surge algún tema (lo de Sortu por ejemplo) es curioso como los jueces se escoran en función de quién los haya elegido. Hay noticias silenciadas, y de uno a otro periódico las noticias son tan diferentes….
    Se que en Islandia son poquitos y en cuanto crece el número todo es más complicado, pero aquí no hay listas abiertas,…..
    Por desgracia creo que lo de no pagar a los estados que han pagado a los especuladores-inversores que depositaron el dinero en los bancos islandeses no va a ser posible a no ser que Islandia pase a ser una autarquía.
    Aún así me parece una noticia muy importante que podría cambiar el sistema económico-financiero-político.
    Ojalá. (¿quiere decir traducido del árabe al castellano “Dios lo quiera”?)
    Un saludo lleno de esperanza de mejorar el sistema.
     
     

  • kaláa

    Cuando uno puede pasar de abrasarse en la lava a congelarse sobre  el hielo…… estamos hablando de Islandia.
    Un país   de contrastes ciertamente .
    Saludos.

  • José Ignacio Calleja

    Conviene leerlo en paralelo a este otro artículo de José María Ruiz Soroa, en El Correo de 17 de Abril. (Ruiz Soroa es un abogado “culto” y perspicaz; y, sobre todo, “jurista” hasta la médula en la consideración de los conflictos sociales; es un “conservador”, pero siempre aporta un toque de “realismo” en los análisis y conviene reconocerlo para no llamarse a engaño en la acción social; supongo que a él mis palabras le harían gracia; es un habitual en el grupo Correo y, a veces, en El País).

    Dice así:

    Una leyenda urbana se hace cada vez más fuerte. Aunque los medios públicos no la recogen, más y más gente la transmite de boca en boca. Es una bella leyenda, procedente de la brumosa tierra del hielo, de allí donde la niebla marítima se mezcla con las fumarolas volcánicas; dice que en Islandia han descubierto una forma particular de salir de la crisis económica, la de negarse a pagar las deudas contraídas por sus bancos y rechazar heroicamente que los ciudadanos soporten las consecuencias de una gestión financiera nefasta. Y más aún, dice la leyenda que esto lo ha conseguido el pueblo islandés solito, negando a su Gobierno la autorización para pagar las deudas, constituyéndose en actor directo de su democracia. Es una revolución, dicen, tanto económica como democrática: por vez primera el pueblo toma en sus manos la gobernación y adopta decisiones sabias y justas que ponen a cada uno en su lugar. No como en Grecia, Irlanda, Portugal o España.
    La verdad es que el asunto recuerda mucho a una discusión de hace ya siglos, la que subyacía a las deliberaciones políticas que rodearon el nacimiento de la Constitución norteamericana en el siglo XVIII. Porque también allí el problema de fondo era el de pagar o no las gigantescas deudas financieras generadas por la Guerra de la Independencia: los partidarios del pueblo, de la democracia rural y virtuosa, y de la intervención directa de la ciudadanía en el gobierno querían abolir esas deudas (Jefferson). En cambio los partidarios del fomento del comercio, de pagar la deuda, del cuidado con los derechos del individuo, del respeto a la palabra comprometida, desconfiaban de las decisiones de ese pueblo magnífico y preferían confiar el poder a unas instituciones indirectas donde todos los intereses se contrapesaran recíprocamente (Hamilton o Madison).
    El caso de Islandia reproduce en gran manera aquella situación, por lo menos cuando se exponen los hechos desnudos que han sucedido, despojados de la hojarasca retórica y redentorista con que se los suele ocultar. Los bancos de Islandia se dedicaron durante años a captar el ahorro de los ciudadanos prometiéndoles un elevado interés del 5 y 6 % por sus depósitos. Y como el de sus propios ciudadanos islandeses no les era suficiente, captaron los ahorros de unos 320.000 ciudadanos particulares del Reino Unido y Holanda (más que todos los islandeses juntos). Cuando la crisis llegó y los bancos se encontraron al descubierto, el Gobierno de Islandia los nacionalizó y se comprometió a devolver los depósitos de los ahorradores, a lo cual venía obligado por el propio Derecho de Islandia y por el principio de confianza recíproca que gobierna en Europa el hecho de que un banco de un país capte ahorro en otro.
    Fiados en que el Gobierno de Islandia cumpliría sus obligaciones, los Gobiernos británico y holandés anticiparon a sus propios ciudadanos afectados el reembolso de los depósitos de los bancos de Islandia. Pero, ¡ay!, no contaban con un pueblo justiciero y con su revolución democrática: en efecto, el pueblo islandés decidió por referéndum que a los ahorradores extranjeros y a sus Gobiernos respectivos no había que devolverles ni un céntimo de sus ahorros. Entiéndase bien, a los ahorradores islandeses que habían confiado sus ahorros a los bancos afectados sí que había que devolverles o garantizarles sus depósitos, faltaría más, el pueblo no es tonto. Pero a los 320.000 ciudadanos extranjeros, a esos ni agua, allá ellos. Que sean los británicos u holandeses los que paguen el problema.
    No se trata entonces de no pagar las deudas contraídas con obscuros mercados, ni con especuladores despreciables, ni con repugnantes organismos internacionales tipo FMI. No, se trata de algo más sencillo: a los ahorradores nacionales se les devuelve el dinero, a los de fuera no. A esto le llaman una salida distinta a la crisis y una revolución democrática.
    Planteada así la cuestión, cualquiera puede resolver mañana el problema de las cajas españolas: basta con establecer que los ahorradores no recibirán devolución ninguna de sus ahorros, que quedan confiscados. Automáticamente las cajas vuelven a ser solventes. Sencillo. Claro que el pueblo no querría adoptar esa medida porque esos ahorros… son sus ahorros. Pero, ¿y si fueran mayormente ahorros de extranjeros como en Islandia? ¿No sería precioso quedarse con su dinero y encima ser aplaudido como un revolucionario creador de una nueva democracia?
    La intervención directa del pueblo en las decisiones democráticas ha tenido siempre el inconveniente de ser fácilmente manipulable por la demagogia, el cortoplacismo y la ignorancia. Lo que ha decidido la sociedad de Islandia en referéndum es absurdo, insolidario, injusto y además… imposible, porque como es obvio el Estado islandés tendrá que pagar tarde o temprano sus deudas. Los problemas no desaparecen sólo porque el pueblo lo quiera así.
    Pero lo que de verdad es sintomático de nuestro despiste es la difusión de la leyenda de la gran revolución y de la nueva democracia. Será por la bruma, pienso.

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