Otros temas

Autores

Archivo de entradas

5389 Artículos. - 85840 Comentarios.

Metro, currelo, entierro

Metro, currelo, entierro” podría ser la traducción de este grito de guerra de los manifestantes parisinos en la movida anti-retraso de la jubilación durante los meses de setiembre, octubre y lo que va de noviembre. Una ligera variante de la de mayo del 68 que era “Metro, boulot, dodot“, o sea “Metro, currelo y a dormir”.

        Este nuevo slogan refleja el cambio que se ha producido en las condiciones de trabajo desde aquella Primavera hasta este Otoño. Hoy, el trabajo es tan exigente e inhumano, que después de él queda ya, no el descanso del sueño, sino la muerte.

         Nada más lógico, por otra parte. Un sistema de trabajo que ha hundido a la humanidad en una crisis como la que padecemos, no ha podido ser engendrado por un sistema de trabajo de dimensiones y rasgos humanos. Presentamos aquí el resultado de investigaciones sociológicas efectuadas por el Gabinete de estudios de la Universidad de París Oeste-Nanterre-La Defense, cuya responsable es la profesora Danièle Linhart, extraído de Le Monde Diplomatique“.

         El estudio se refiere al mundo laboral francés, dejamos a cada uno de vosotros apreciar hasta qué punto esa situación se da también entre nosotros. Es cierto que el mundo laboral español no está tan adelantado como el francés. Pero el capitalismo no reconoce fronteras…

         El progreso tecnológico ha aliviado tal vez las penalidades físicas del trabajo de otros tiempos: el sector terciario de servicios suma ahora los dos tercios del trabajo que se hace, se ha generalizado la semana de 35 horas… Y sin embargo, para el francés de la calle el trabajo se asocia a la imagen de la muerte, de la privación de la vida. En un juego de palabras, los manifestantes de este año dicen que “no queremos perder la vida en el trabajo para ganárnosla”. O “Metro, boulot, tombeau.”..

         Los franceses tienen miedo de no aguantar en su trabajo por culpa de unos horarios exigentes que perturban el sueño, de tareas repetitivas que desencadenan irregularidades musculo-esqueléticas, de la exposición a la intemperie, de la presión de los clientes, de la intensificación del trabajo y todo lo que puede calificarse como detalles penosos del mismo.

         Los franceses temen no estar equipados para un trabajo que conlleva una presión constante y siempre pide más y más, de no alcanzar los objetivos imposibles decretados de espaldas a la realidad por unos mandos intermedios tan cambiantes que ignoran a menudo la función o actividad concreta de sus subordinados; miedo de evaluaciones que por idénticas razones no miden ni consideran los obstáculos que se han podido encontrar en el trabajo ni los esfuerzos realizados. Temen verse obligados a hacer mal su trabajo, a irregularidades de signo profesional impuestas desde arriba, a desembocar en un grado de incompetencia que los vuelva vulnerables, los exponga a la pérdida de empleo y les devuelva una imagen devaluada de sí mismos.

         

         Efectivamente, para asentar su poder y poner a los operarios en situación de autoexplotarse, los nuevos gestores de recursos humanos practican la desestabilización sistemática, mediante la creación de un clima de trabajo hostil: los trabajadores no deben estar en condiciones de dominar su trabajo ni de desarrollar con sus colegas, sus jefes o sus clientes relaciones de complicidad que les permitirían economizar esfuerzos. A base de constantes reajustes de plantilla y de programas de trabajo, a base de cambios de puestos, llegarán a perder los puntos de referencia profesionales y a “desaprendizajes” sucesivos.

         Con estos trucos, el trabajo se volverá más complicado, el entorno más inseguro e incierto, la experiencia acumulada no servirá para nada. No basta con alcanzar los objetivos, hay que rebasarlos para merecer la confianza del jefe hay que rebasarlos. De ahí deriva el carácter arbitrario de las evaluaciones permanentes, semiobligatorias, en casi todas las empresas.

         Los obreros consultados han confesado que se sienten en la cuerda floja permanentemente, que no aguantan sino al precio de poner en el empeño el 100% de su capacidad y hacerlo en una extrema soledad, sin poder contar con nadie más que consigo mismos. Los jefes no ayudan, como no sea para apretarte más la soga alrededor del cuello. Los colegas ya no son colegas, son competidores.

         Las prácticas taylorianas que reclaman mucha producción se entremezclan con llamadas al compromiso subjetivo. Por ejemplo, un teleoperador debe personalizar a toda costa sus mensajes por medio de observaciones agudas o comentarios ocurrentes y simpáticos; hay que modular el tono de la voz. El mando exige objetivos cuantificados a corto plazo, calidad excelente y cantidad importante en un contexto laboral cada vez más cambiante. El operario más subalterno debe asumir responsabilidades sobre la calidad de su trabajo… En un universo regido por elevadas exigencias de productividad, sin medios para negociar ni plazos ni recursos para alcanzar los objetivos, uno se siente en situación precaria, incluso en los casos en que cuenta con un contrato más o menos estable. Y eso mismo les ocurre a los cuadros y encargados. Deben marcarse objetivos a plazos cada vez más cortos, someterse a controles permanentes que les exigirán justificar al detalle el empleo de su tiempo.

         Todas estas presiones se están traspasando del sector privado al sector público. El funcionario se siente como embridado, constreñido, tiene la sensación de que se le ponen tropiezos para el cumplimiento de su función.

         Hay que tener nervios de hierro para no hundirse en una sicosis de angustia permanente, para soportar pres