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Salvador Santos

Nací en Algeciras (un poco más al sur y habría sido en una patera). Estoy casado. Tengo tres hijas, una nieta y dos nietos.

Mi tiempo se reparte en:

1. Trabajar como abuelo al menos la tercera parte del día (hoy he tenido que hacer horas extras).

2. Trabajar buscando y desmontando chatarra en sociedad con Chaka, un inmigrante de Costa de Marfil. Él se encarga de colaborar en el desmontaje y de venderla. En ocasiones doy alguna charla sobre cómo convertir la chatarra en células sociales para la transformación de África o cómo lograr legalizar la situación de un inmigrante sin papeles. La última charla trató de cómo convertir la chatarra en un terreno de 45.000 metros cuadrados.

Asociado a estas, realizo otras tareas con amigos inmigrantes africanos. No son temas para explicar públicamente; ya he tenido algunos conflictos con uniformados.

3. El tiempo que me queda lo dedico a explicar el evangelio. Estos artículos publicados en Atrio son fruto de ese trabajillo.

Respecto a fotos, no guardo ninguna. Una vez me preguntó alguna de mis hijas si tenía alguna foto de comunión. Le respondí que con siete años tenía alergia a que me vistieran de marinero y salí del atolladero por mi cuenta y riesgo. Sin que lo supieran mis padres, comulgué en una plaza de toros, en un altar provisional que colocaron allí con motivo de unas misiones hechas por dominicos. Al ver aquello me dije: esta es la mía. Las vecinas se chivaron, mi familia se llevó un disgusto y yo, una fuerte reprimenda, un discurso para convencerme de mi mala acción, algún pellizco y la alegría de descubrir que podía salir del rebaño.

En mi casa tampoco hay fotos de bodas. Cuando mi mujer y yo fuimos al juzgado a legalizar nuestro matrimonio (acontecimiento que sucedió en un campo unos dos años antes cuando mi mujer y yo decidimos comprometernos con un mismo plan de vida), el juez llamó a una fotógrafa y le instó a echarnos fotos. Pensé que era una formalidad legal. A los pocos días se presentó la profesional en mi casa con las fotos. Mi mujer no quiso verlas, dijo que no lo necesitaba que ella había estado allí ejecutando la acción. La señora, asombrada, le argumentó diciéndole que sería dejar un hermoso recuerdo a sus hijos. Mi mujer contestó literalmente:

“Los recuerdos que dejaré a mis hijos no serán precisamente fotos”.

No guardo fotos, pero no suelo esconderme; especialmente para los amigos.