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Jesús Silva: Toda una vida al servicio de los muchachos Por Antonio Duato Atrio, 11-12-2004. Hace una semana publicó EL MUNDO -y reprodujo RELIGIÓN DIGITAL- un reportaje sobre El triste final del Circo de los Muchachos. Las inexactitudes y parcialidades de lo publicado, junto con la admiración y cariño que profeso a mi entrañable amigo Jesús Silva desde hace casi sesenta años, me obligan a ofrecer un testimonio personal sobre su trayectoria sacerdotal y a reproducir un texto publicado recientemente en una de nuestras revistas (La utopía del padre Silva y su Circo de los Muchachos por Ángel Arrabal, Frontera nº 27). El P. Silva no es jesuita sino sacerdote diocesano de la diócesis de Orense. Nos conocimos en el seminario de Comillas en 1945, cuando los dos teníamos 13 años. Nos unió la afición al circo y formamos (junto con Antonio Morales, ¿dónde estás, Antonio?) un grupo de payasos, imitando a los Hermanos Tonetti. Durante varios años actuábamos en todas las fiestas del seminario y en las que los catequistas organizaban en los pueblos cercanos. La gente se reía. Nosotros nos reíamos más preparando los números. Recuerdo el grito de una señora de Pumalverde cuando salíamos, disfrazados aún y en bicicleta, porque teníamos que actuar la misma tarde en Canales o Ruiseñada: “Bendita la madre que os parió”. Esas representaciones circenses han sido de las cosas más importantes que he hecho en mi vida. Una vida ya muy larga que nos ha separado mucho en el itinerario personal. Pero hemos mantenido esos esporádicos encuentros en los que nos hemos podido seguir mutuamente por dentro, con esa continuidad en la ausencia prolongada que sólo una amistad verdadera puede proporcionar. Lo que siempre he admirado en mi amigo Silva es que en estos cincuenta años ha sido fiel a una misión: dignificar la vida de circenses y feriantes ("el obispo dice que ésta no es una tarea sacerdotal, pero algún día lo presentaran como un mérito de la Iglesia", me decía en los años setenta. Hoy el Vaticano al menos le da la razón. Véase noticia en Zenit) y proporcionar a los niños nacidos en esas amplias comunidades –y después en otros medios marginados– la posibilidad de una educación a través de un proyecto pedagógico pionero que se basaba en la autogestión. En los años éxito de su Ciudad y su Circo de los Muchachos, piezas fundamentales e interdependientes de su proyecto, lo vi plenamente centrado en su fidelidad a una espiritualidad tradicional que mantenía con su hora diaria de oración ante el sagrario y su atención paternal, personalizada, intachable a cada unos de los niños y adolescentes de su grupo. El interés y el bien del niño en la cúspide de la pirámide. Últimamente lo vi también valiente en la denuncia de la explotación infantil y de guerras abominables como la de Irak de las que los niños son las víctimas más inocentes. No entro en los problemas relacionales y jurídicos en que puede haber entrado una compleja institución, surgida de su proyecto y que ha visto cómo la sociedad en que se implanta ha cambiado profundamente. Espero puedan resolverse con diálogo y sensatez por ambas partes, que deben ser oídas antes de pronunciar condenas como las que se reproducían en el citado reportaje. Pero la figura de Jesús Silva Méndez y su trayectoria de más de cincuenta años no puede quedar manchada por estos conflictos y deberá seguir siendo un referente del coraje y entrega de una generación sacerdotal que asumió desde el evangelio con totalidad la causa de los pobres.
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