V
CONFERENCIA GENERAL
DEL
EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE
DOCUMENTO
CONCLUSIVO
Versión
no oficial
(Al final de todo el documento hay un INDICE GENERAL muy detallado)
INTRODUCCIÓN
1.
Con la luz del Señor resucitado y con la fuerza
del Espíritu Santo, Obispos de América nos reunimos en Aparecida,
Brasil, para celebrar la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y de El
Caribe. Lo hemos hecho como pastores que queremos seguir impulsando la
acción evangelizadora de la Iglesia, llamada a hacer de todos sus
miembros discípulos y misioneros de Cristo, Camino, Verdad y Vida para
que nuestros pueblos tengan vida en Él. Lo hacemos en comunión
con todas las Iglesias Particulares presentes en América. María, Madre de Jesucristo y de
sus discípulos, ha estado muy cerca de nosotros, nos ha acogido, ha cuidado
nuestras personas y trabajos, cobijándonos, como a Juan Diego y a
nuestros pueblos, en el pliegue de su manto, bajo su maternal
protección. Le hemos pedido, como madre, perfecta discípula y
pedagoga de la evangelización, que nos enseñe a ser hijos en su
Hijo y a hacer “lo que Él les diga” (Jn 2, 5).
2.
Con alegría estuvimos reunidos con el Sucesor de
Pedro, Cabeza del Colegio Episcopal. Su Santidad Benedicto XVI, nos ha
confirmado en el primado de la fe en Dios, de su verdad y amor, para bien de
personas y pueblos. Agradecemos todas sus enseñanzas, especialmente su
Discurso Inaugural, que fueron iluminación y guía segura para
nuestros trabajos. El recuerdo agradecido de los últimos Papas, y en
especial de su rico Magisterio que ha estado también presente en
nuestros trabajos, merece especial memoria y gratitud.
3.
Nos hemos sentido acompañados por la
oración de nuestro pueblo creyente católico, representado
visiblemente por la compañía del Pastor y los fieles de la
Iglesia de Dios en Aparecida y por la multitud de peregrinos de todo Brasil y
otros países de América al Santuario, que nos edificaron y
evangelizaron. En la comunión de los santos, tuvimos presentes a todos
los que nos han precedido como discípulos y misioneros en la viña
del Señor y especialmente a nuestros santos latinoamericanos. Entre
ellos a Santo Toribio de Mogrovejo, patrono del Episcopado latinoamericano.
1.
El Evangelio llegó a nuestras tierras en medio de
un dramático y desigual encuentro de pueblos y culturas. Las
“semillas del Verbo”[1]
presentes en las culturas autóctonas facilitó a nuestros hermanos
indígenas encontrar en el Evangelio respuestas vitales a sus
aspiraciones más hondas: “Cristo era el Salvador que anhelaban
silenciosamente”[2].
La visitación de Nuestra Señora de Guadalupe fue acontecimiento
decisivo para el anuncio y reconocimiento de su Hijo, pedagogía y signo
de inculturación de la fe, manifestación y renovado ímpetu
misionero de propagación del Evangelio[3].
2.
Desde la primera evangelización hasta los tiempos
recientes la Iglesia ha experimentado luces y sombras[4].
Escribió páginas de nuestra historia de gran sabiduría y
santidad. Sufrió también tiempos difíciles, tanto por
acosos y persecuciones, como por las debilidades, compromisos mundanos e
incoherencias, por el pecado de sus hijos, que desdibujaron la novedad del
Evangelio, la luminosidad de la verdad y la práctica de la justicia y de
la caridad. Sin embargo, lo más decisivo en la Iglesia es siempre la
acción santa de su Señor.
3.
Por eso, ante todo damos gracias a Dios y lo alabamos por
todo lo que nos ha sido regalado. Acogemos la realidad entera del Continente
como don: la belleza y riqueza de sus tierras, la riqueza de humanidad que se
expresa en las personas, familias, pueblos y culturas del continente. Sobretodo
nos ha sido dado Jesucristo, la plenitud de la Revelación de Dios, un
tesoro incalculable, la “perla preciosa” (cf. Mt 13, 45-46), Verbo
de Dios hecho carne, Camino, Verdad y Vida de los hombres a los que abre un
destino de plena justicia y felicidad. El es el único Liberador y
Salvador que, con su muerte y resurrección, rompió las cadenas
opresivas del pecado y la muerte, que revela el amor misericordioso del Padre y
la vocación, dignidad y destino de la persona humana.
4.
La fe en Dios amor y la tradición católica
en la vida y cultura de nuestros pueblos son sus mayores riquezas. Se
manifiesta en la fe madura de muchos bautizados y en la piedad popular que
expresa “el amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del
perdón y la reconciliación (…), - el amor al Señor
presente en la Eucaristía (…), - el Dios cercano a los pobres y a
los que sufren, - la profunda devoción a la Santísima Virgen de
Guadalupe, de Aparecida o de las diversas advocaciones nacionales y
locales”. Se expresa también en la caridad que anima por doquier
gestos, obras y caminos de solidaridad con los más necesitados y
desamparados. Está vigente también en la conciencia de la
dignidad de la persona, la sabiduría ante la vida, la pasión por
la justicia, la esperanza contra toda esperanza y la alegría de vivir
aún en condiciones muy difíciles que mueven el corazón de
nuestras gentes. Las raíces católicas permanecen en su arte,
lenguaje, tradiciones y estilo de vida, a la vez dramático y festivo, en
el afrontamiento de la realidad. Por eso, el Santo Padre nos
responsabilizó más aún, como Iglesia, en “la gran
tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios”[5].
5.
El don de la tradición católica es un
cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad de América
Latina y El Caribe: una realidad histórico-cultural, marcada por el
Evangelio de Cristo, realidad en la que abunda el pecado – de
opresión, violencia, ingratitudes y miserias – pero donde
sobreabunda la gracia de la victoria pascual. Nuestra Iglesia goza, no obstante
debilidades y miserias humanas, de un alto índice de confianza y de
credibilidad por parte del pueblo. Es morada de pueblos hermanos y casa de los
pobres.
6.
La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y
de El Caribe es un nuevo paso en el camino de la Iglesia, especialmente desde
el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ella da continuidad y, a la vez,
recapitula el camino de fidelidad, renovación y evangelización de
la Iglesia latinoamericana al servicio de sus pueblos, que se expresó
oportunamente en las anteriores Conferencias Generales del Episcopado
(Río, 1955; Medellín, 1968; Puebla, 1979; Santo Domingo, 1992).
En todo ello reconocemos la acción del Espíritu. También
tenemos presente la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para
América (1997).
7.
Esta V Conferencia se propone “la gran tarea de
custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los
fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados
a ser discípulos y misioneros de Jesucristo”[6].
Se abre paso un nuevo período de la historia con desafíos y
exigencias, caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por
nuevas turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una
cultura lejana y hostil a la tradición cristiana, por la emergencia de
variadas ofertas religiosas que tratan de responder, a su manera, a la sed de
Dios que manifiestan nuestros pueblos.
8.
La Iglesia está llamada a repensar profundamente y
relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias
latinoamericanas y mundiales. No puede replegarse frente a quienes sólo
ven confusión, peligros y amenazas o de quienes pretender cubrir la
variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o
de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la
novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro
personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y
misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de
hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como
discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida
nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la
fuerza del Espíritu.
9.
No resiste a los embates del tiempo una fe católica
reducida a bagaje, a elenco de normas y prohibiciones, a prácticas de
devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las
verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos,
a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o
crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza
“es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual
aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando
y degenerando en mezquindad”[7].
A todos nos toca “recomenzar desde Cristo”[8],
reconociendo que “no se
comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea,
sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[9].
10. En
América Latina y El Caribe, cuando muchos de nuestros pueblos se
preparan a celebrar el bicentenario de su independencia, nos encontramos ante
el desafío de revitalizar nuestro modo de ser católico y nuestras
opciones personales por el Señor, para que la fe cristiana arraigue
más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos
latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con
Cristo. Él se manifiesta como novedad de vida y de misión en
todas las dimensiones de la existencia personal y social. Esto requiere desde
nuestra identidad católica, una evangelización mucho más
misionera, en diálogo con todos los cristianos y al servicio de todos
los hombres. De lo contrario, “el rico tesoro del Continente
Americano… su patrimonio más valioso: la fe en Dios
amor…”[10]
corre el riesgo de seguir erosionándose y diluyéndose en
crecientes sectores de la población. Hoy se plantea elegir entre caminos
que conducen a la vida o caminos que conducen a la muerte[11].
Caminos de muerte son los que llevan a dilapidar los bienes recibidos de Dios a
través de quienes nos precedieron en la fe. Son caminos que trazan una
cultura sin Dios y sin sus mandamientos o incluso contra Dios, animada por los
ídolos del poder, la riqueza y el placer efímero, la cual termina
siendo una cultura contra el hombre y contra el bien de los pueblos
latinoamericanos. Caminos de vida verdadera y plena para todos, caminos de vida
eterna, son aquellos abiertos por la fe que conducen a “la plenitud de
vida que Cristo nos ha traído: con esta vida divina se desarrolla
también en plenitud la existencia humana, en su dimensión
personal, familiar, social y cultural”[12]
Esa es la vida que Dios nos participa por su amor gratuito, porque “es el
amor que da la vida”[13]. Estos caminos de vida fructifican los
dones de verdad y de amor que nos han sido dados en Cristo en la
comunión de los discípulos y misioneros del Señor, para
que América latina y El Caribe sean efectivamente un continente en el
cual la fe, la esperanza y el amor renueven la vida de las personas y
transformen las culturas de los pueblos.
11. El
Señor nos dice: “no tengan miedo” (Mt 28, 5). Como a las
mujeres en la mañana de la Resurrección nos repite:
“¿Por qué buscan entre los muertos al que está
vivo?” (Lc 24, 5). Nos alientan los signos de la victoria de Cristo
resucitado mientras suplicamos la gracia de la conversión y mantenemos
viva la esperanza que no defrauda. Lo que nos define no son las circunstancias dramáticas de la vida, ni los
desafíos de la sociedad, ni las tareas que debemos emprender, sino ante
todo el amor recibido de Dios gracias a Jesucristo por la unción del
Espíritu Santo. Esta prioridad fundamental es la que ha presidido todos
nuestros trabajos, ofreciéndolos a Dios, a nuestra Iglesia, a nuestro
pueblo, a cada uno de los latinoamericanos, mientras elevamos al
Espíritu Santo nuestra súplica confiada para que redescubramos la
belleza y la alegría de ser cristianos. Aquí está el reto
fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y
formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación
recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría,
el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No
tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu
de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado,
adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y
resistencias. Este es el mejor servicio -¡su servicio!- que la Iglesia
tiene que ofrecer a las personas y naciones[14].
12. En
esta hora en que renovamos la esperanza queremos hacer nuestras las palabras de
SS. Benedicto XVI al inicio de su Pontificado y proclamarlas para toda
América Latina: ¡No teman! ¡Abran, más
todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!…quien deja
entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada – de lo
que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad
se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren
realmente las grandes potencialidades de la condición humana.
Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos
libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da
todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abran,
abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida[15].
13. “Ésta
V Conferencia General se celebra en continuidad con las otras cuatro que la
precedieron en Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo.
Con el mismo espíritu que las animó, los pastores quieren dar
ahora un nuevo impulso a la evangelización, a fin de que estos pueblos
sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de
Jesucristo con su propia vida”[16].
Como pastores de la Iglesia somos conscientes que “después de la
IV Conferencia General, en Santo Domingo, muchas cosas han cambiado en la
sociedad. La Iglesia, que participa de los gozos y esperanzas, de las penas y
alegrías de sus hijos, quiere caminar a su lado en este período
de tantos desafíos, para infundirles siempre esperanza y consuelo”[17].
14. Nuestra
alegría, pues, se basa en el
amor del Padre, en la participación en el misterio pascual de Jesucristo
quien, por el Espíritu Santo, nos hace pasar de la muerte a la vida, de la
tristeza al gozo, del absurdo al hondo sentido de la existencia, del desaliento
a la esperanza que no defrauda. Esta alegría no es un sentimiento
artificialmente provocado ni un estado de ánimo pasajero. El amor del
Padre nos ha sido revelado en Cristo que nos ha invitado a entrar en su reino.
El nos ha enseñado a orar diciendo “Abba, Padre” (Rm 8, 15;
cf. Mt 6, 9).
15. Conocer
a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y trasmitir
este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos
y elegirnos, nos ha confiado. Con los ojos iluminados por la luz de Jesucristo
resucitado podemos y queremos contemplar al mundo, a la historia, a nuestros
pueblos de América Latina y de El Caribe, y a cada una de sus personas.
PRIMERA PARTE
LA VIDA DE NUESTROS PUEBLOS HOY
16. Este
documento continúa la práctica del método “ver,
juzgar y actuar”, utilizado en anteriores Conferencias Generales del
Episcopado Latinoamericano. Muchas voces venidas de todo el Continente
ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que este
método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra
vocación y misión en la Iglesia, ha enriquecido el trabajo
teológico y pastoral, y en general ha motivado a asumir nuestras responsabilidades
ante las situaciones concretas de nuestro continente. Este método nos
permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de ver
la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la
razón para su discernimiento y valoración con simpatía
crítica; y, en consecuencia, la proyección del actuar como
discípulos misioneros de Jesucristo. La adhesión creyente, gozosa
y confiada en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la inserción
eclesial, son presupuestos indispensables que garantizan la pertinencia de este
método.
CAPÍTULO 1
LOS DISCÍPULOS MISIONEROS
17. Nuestra
reflexión acerca del camino de las Iglesias de América Latina y
del Caribe tiene lugar en medio de luces y sombras de nuestro tiempo. No nos
afligen ni desconciertan los grandes cambios que experimentamos. Hemos recibido
dones inapreciables, que nos ayudan a mirar la realidad como discípulos
misioneros de Jesucristo.
18. La
presencia cotidiana y esperanzada de incontables peregrinos nos ha recordado a
los primeros seguidores de Jesucristo que fueron al Jordán, donde Juan
bautizaba, con la esperanza de encontrar al Mesías (cf. Mc 1, 5).
Quienes se sintieron atraídos por la sabiduría de sus palabras,
por la bondad de su trato y por el poder de sus milagros, por el asombro inusitado
que despertaba su persona llegaron a ser discípulos de Jesús. Al
salir de las tinieblas y de las sombras de muerte (cf. Lc 1, 79) su vida
adquirió una plenitud extraordinaria: la de haber sido enriquecida con
el don del Padre. Vivieron la historia de su pueblo y de su tiempo y pasaron
por los caminos del Imperio Romano, sin olvidar nunca el encuentro más
importante y decisivo de su vida que los había llenado de luz, de fuerza
y de esperanza: el encuentro con Jesús, su roca, su paz, su vida.
19. Así
nos ocurre también a nosotros al mirar la realidad de nuestros pueblos y
de nuestra Iglesia, con sus valores, sus limitaciones, sus angustias y
esperanzas. Mientras sufrimos y nos alegramos, permanecemos en el amor de
Cristo viendo nuestro mundo, tratamos de discernir sus caminos con la gozosa
esperanza y la indecible gratitud de creer en Jesucristo. El es el Hijo de Dios
verdadero, el único Salvador de la humanidad. La importancia
única e insustituible de Cristo para nosotros, para la humanidad,
consiste en que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. “Si no
conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un
enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni
verdad”[18].
En el clima cultural relativista que nos circunda, donde es aceptada solo una
religión natural, se hace siempre más importante y urgente
radicar y hacer madurar en todo el cuerpo eclesial la certeza que Cristo, el
Dios de rostro humano, es nuestro verdadero y único salvador.
20. En
este encuentro queremos expresar la alegría de ser discípulos del
Señor y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio. Ser
cristiano no es una carga sino un don: Dios Padre nos ha bendecido en
Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo.
21. Bendito
sea Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido con toda
clase de bendiciones en la persona de Cristo (cf. Ef 1, 3). El Dios de la
Alianza, rico en misericordia, nos ha amado primero; inmerecidamente nos ha
amado a cada uno de nosotros; por eso lo bendecimos, animados por el
Espíritu Santo, Espíritu vivificador, alma y vida de la Iglesia.
El, que ha sido derramado en nuestros corazones, gime e intercede por nosotros
y nos fortalece con sus dones en nuestro camino de discípulos y
misioneros.
22. Bendecimos
a Dios con ánimo agradecido, porque nos ha llamado a ser instrumentos de
su Reino de amor y de vida, de justicia y de paz, por el cual tantos se
sacrificaron. El mismo nos ha encomendado la obra de sus manos para que la
cuidemos y la pongamos al servicio de todos. Agradecemos a Dios por habernos
hecho sus colaboradores para que seamos solidarios con su creación con
responsabilidad ecológica. Bendecimos a Dios que nos ha dado la
naturaleza creada que es su primer libro para poder conocerlo y vivir nosotros
en ella como en nuestra casa.
23. Damos
gracias a Dios que nos ha dado el don de la palabra, con la cual nos podemos
comunicar entre nosotros y con El por medio de su Hijo, que se ha hecho Palabra
para nosotros. Damos gracias a El que por su gran amor nos ha hablado como
amigos (cf. Jn 15, 14-15). Bendecimos a Dios que se nos da en la
celebración de la fe, especialmente en la Eucaristía, pan de vida
eterna. La acción de gracias a Dios por los numerosos y admirables dones
que nos ha otorgado culmina en la celebración central de la Iglesia, que
es la Eucaristía, alimento substancial de los discípulos y
misioneros. También por el Sacramento del Perdón que Cristo nos
ha alcanzado en la cruz. Alabamos al Señor Jesús por el regalo de
su Madre Santísima, Madre de Dios y Madre de América Latina y de
El Caribe, estrella de la evangelización renovada, primera
discípula y gran misionera de nuestros pueblos.
24. Iluminados
por Cristo, el sufrimiento, la injusticia y la cruz nos interpelan a vivir como
Iglesia samaritana (cf. Lc 10, 25-37) recordando que “la
evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la
auténtica liberación cristiana”[19].
Damos gracias a Dios y nos alegramos por la fe, la solidaridad y la
alegría características de nuestros pueblos trasmitidas a lo
largo del tiempo por las abuelas y los abuelos, las madres y los padres, los
catequistas, los rezadores y tantas personas anónimas cuya caridad ha
mantenido viva la esperanza en medio de las injusticias y adversidades.
25. La
Biblia muestra reiteradamente que, cuando Dios creó el mundo con su
Palabra y con el aliento de su boca, expresó satisfacción
diciendo: “que era bueno” (Gn 1, 21), y cuando creó al ser
humano, varón y mujer, dijo que “era muy bueno” (Gn 1, 31).
El mundo creado por Dios es hermoso. Procedemos de un designio divino de
sabiduría y amor. Pero por el pecado se mancilló esta belleza
originaria y fue herida esta bondad. Dios por nuestro Señor Jesucristo
en su misterio pascual ha recreado al hombre haciéndolo hijo y le ha
dado la garantía de unos cielos nuevos y de una tierra nueva (cf. Ap 21,
1). Llevamos la imagen del primer Adán, pero estamos llamados
también desde el principio realizar la imagen de Jesucristo, nuevo
Adán (cf. 1 Cor 15, 45). La creación lleva la marca del Creador y
desea ser liberada y “participar en la gloriosa libertad de los hijos de
Dios” (Rm 8, 21).
26. La
historia de la humanidad transcurre bajo la mirada compasiva de Dios a la que
nunca abandona. También a este mundo nuestro, Dios ha amado tanto que
nos ha enviado a su Hijo. El anuncia la buena noticia del Reino a los pobres y
a los pecadores. Por esto nosotros como discípulos de Jesús y misioneros
queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a
nuestros pueblos que Dios nos ama, que su existencia no es una amenaza para el
hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su Reino,
que nos acompaña en la tribulación, que alienta incesantemente
nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos somos
portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras.
27. La
Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y
adoptando sus actitudes (cf. Mt 9, 35-36). Él, siendo el Señor,
se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz (cf. Fil 2, 8); siendo
rico, eligió ser pobre por nosotros (cf. 2 Cor 8, 9),
enseñándonos el itinerario de nuestra vocación de
discípulos y misioneros. En el Evangelio aprendemos la sublime
lección de ser pobres siguiendo a Jesús pobre (cf. Lc 6, 20; 9,
58), y la de anunciar el Evangelio de la paz sin bolsa ni alforja, sin poner
nuestra confianza en el dinero ni en el poder de este mundo (cf. Lc 10, 4 ss ). En la generosidad de los misioneros se
manifiesta la generosidad de Dios, en la gratuidad de los apóstoles
aparece la gratuidad del Evangelio.
28. En el
rostro de Jesucristo, muerto y resucitado, maltratado por nuestros pecados y
glorificado por el Padre, en ese rostro doliente y glorioso[20],
podemos ver, con la mirada de la fe el rostro humillado de tantos hombres y
mujeres de nuestros pueblos y al mismo tiempo su vocación a la libertad
de los hijos de Dios, a la plena realización de su dignidad personal y a
la fraternidad entre todos. La Iglesia está al servicio de todos los
seres humanos, hijos e hijas de Dios.
29. La
alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien
reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a
todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la
alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor
del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino
pidiendo limosna y compasión (cf. Lc 10, 29-37; 18, 25-43). La
alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo
atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La
alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar
egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el
corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios.
Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona;
haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo
a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.
CAPÍTULO 2
MIRADA DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS
SOBRE LA REALIDAD
2.1 La realidad que nos interpela
como discípulos y misioneros
30. Los
pueblos de América Latina y de El Caribe viven hoy una realidad marcada
por grandes cambios que afectan profundamente sus vidas y que, como
discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los
“signos de los tiempos”, a la luz del Espíritu Santo, para
ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que
todos tengan vida y “para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10).
31. La
novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas,
es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al
mundo entero. Habitualmente se los caracteriza como el fenómeno de la
globalización. Factor determinante de estos cambios es la ciencia y la
tecnología, con su capacidad de manipular genéticamente la vida
misma de los seres vivos, y con su capacidad de crear una red de comunicaciones
de alcance mundial, tanto pública como privada, para interactuar en
tiempo real, es decir, con simultaneidad, no obstante las distancias
geográficas. Como suele decirse, la historia se ha acelerado y los
cambios mismos se vuelven vertiginosos, puesto que se comunican con gran
velocidad a todos los rincones del planeta.
32. Esta
nueva escala mundial del fenómeno humano trae consecuencias para todos
los ámbitos de la vida social, impactando la cultura, la
economía, la política, las ciencias, la educación, el
deporte, las artes y también, naturalmente, la religión. No nos
corresponde, como pastores de la Iglesia, hacer un análisis
técnico de este complejo fenómeno y de sus causas, aunque sea
importante y necesario para una acción evangelizadora consecuente con la
realidad. Nos interesa más bien saber cómo afecta la vida de
nuestros pueblos y el sentido religioso y ético de nuestros hermanos que
buscan infatigablemente el rostro de Dios, y que, sin embargo, deben hacerlo
ahora interpelados por nuevos lenguajes del dominio técnico, que no
siempre revelan sino que también ocultan el sentido divino de la vida
humana redimida en Cristo. Sin una percepción clara del misterio de Dios
presente, se vuelve opaco también, al menos en algunos ámbitos,
el designio amoroso y paternal de una vida digna para todos los seres humanos.
33. En
este nuevo contexto social, la realidad se ha vuelto para el ser humano cada
vez más opaca y compleja. Esto quiere decir, que cualquier persona individual
necesita siempre más información de la que dispone, si quiere
ejercer sobre la realidad el señorío al que por vocación
está llamada a realizar. Este hecho no es por sí mismo negativo.
Nos ha enseñado a mirar la realidad cada vez con más humildad,
sabiendo que ella es más grande y compleja que las simplificaciones
ideológicas con que solíamos verla en un pasado aún no
demasiado lejano y que, en muchos casos, introdujeron conflictos dentro de la
sociedad que dejaron muchas heridas que aún no logran cicatrizar. Pero
también ha introducido la dificultad de que a la conciencia humana le
cuesta percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos que resultan de la
información que recolectamos. Es frecuente que algunos quieran mirar la
realidad unilateralmente desde la información económica, otros
desde la información política o científica, otros desde el
entretenimiento y el espectáculo. Sin embargo, ninguno de estos
criterios parciales logra proponernos un significado coherente para todo lo que
existe. Cuando las personas perciben esta fragmentación y
limitación, suelen sentirse frustradas, ansiosas, angustiadas. La
realidad social resulta demasiado grande para una conciencia que, teniendo en
cuenta su falta de saber e información, fácilmente se cree insignificante,
sin injerencia alguna en los acontecimientos, aun cuando sume su voz a otras
voces que buscan ayudarse recíprocamente.
34. Esta
es la razón por la cual muchos estudiosos de nuestra época han
sostenido que la realidad ha traído aparejada una crisis del sentido.
Ellos no se refieren a los múltiples sentidos parciales que cada uno
puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da
unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia, y que los creyentes
llamamos el sentido religioso. Habitualmente, este sentido se pone a nuestra
disposición a través de nuestras tradiciones culturales que
representan la hipótesis de realidad con la que cada ser humano pueda
mirar el mundo en que vive. Conocemos, en nuestra cultura latinoamericana, el
papel tan noble y orientador que ha jugado la religiosidad popular,
especialmente la devoción mariana, que ha logrado persuadirnos de
nuestra común condición de hijos de Dios y de nuestra común
dignidad ante sus ojos, no obstante las diferencias sociales, étnicas o
de cualquier otro tipo.
35. Sin
embargo, debemos admitir que esta preciosa tradición comienza
también a erosionarse. La mayoría de los medios masivos de
comunicación nos presentan ahora nuevas imágenes, atractivas y
llenas de fantasía, que aunque todos saben que no pueden mostrar el
sentido unitario de todos los factores de la realidad, ofrecen al menos el
consuelo de ser transmitidas en tiempo real, en vivo y en directo, con
actualidad. Lejos de llenar el vacío que en nuestra conciencia se
produce por la falta de un sentido unitario de la vida, en muchas ocasiones la
información transmitida por los medios sólo nos distrae. La falta
de información sólo se subsana con más información,
retroalimentando la ansiedad de quien percibe que está en un mundo opaco
y que no comprende.
36. Este
fenómeno explica tal vez uno de los hechos más desconcertantes y
novedosos que vivimos en el presente. Nuestras tradiciones culturales ya no se
transmiten de una generación a otra con la misma fluidez que en el
pasado. Ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo de cada
cultura, constituido por la experiencia religiosa, que resulta ahora igualmente
difícil de transmitir a través de la educación y de la
belleza de las expresiones culturales, alcanzando aún hasta la misma
familia que, como lugar del diálogo y de la solidaridad
intergeneracional, había sido uno de los vehículos más
importantes de la transmisión de la fe. Los medios de comunicación
han invadido todos los espacios y todas las conversaciones,
introduciéndose también en la intimidad del hogar. Al lado de la
sabiduría de las tradiciones se ubica ahora, en competencia, la
información de último minuto, la distracción, el
entretenimiento, las imágenes de los exitosos que han sabido aprovechar
en su favor las herramientas tecnológicas y las expectativas de
prestigio y estima social. Ello hace que las personas busquen denodadamente una
experiencia de sentido que llene las exigencias de su vocación
allí donde no podrán jamás encontrarla.
37. Entre
los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar encontramos la
ideología de género, según la cual cada uno puede escoger
su orientación sexual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la
naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren
gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la
identidad de la familia.
38. Por
ello los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la
contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del
cumplimiento de la vocación humana y de su sentido. Necesitamos hacernos
discípulos dóciles, para aprender de Él, en su
seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Y necesitamos, al mismo tiempo,
que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura
de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni
la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de
comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra,
Sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1, 30), la cultura puede volver a encontrar
su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el
conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y
dando a cado uno su sitio y su dimensión adecuada.
39. Como
nos dijo el Papa en su discurso inaugural: “sólo quien reconoce a
Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente
humano”[21].
La sociedad que coordina sus actividades nada más que con
información, cree que puede operar de hecho como si Dios no existiese.
Pero la eficacia de los procedimientos lograda mediante información,
aún con las tecnologías más desarrolladas, no logra
satisfacer el anhelo de dignidad inscrito en lo más profundo de la
vocación humana. Por ello, no basta suponer que la mera diversidad de
puntos de vista, de opciones y, finalmente, de informaciones, que suele recibir
el nombre de pluri o multiculturalidad, resolverá la ausencia de un
significado unitario para todo lo que existe. La persona humana es, en su misma
esencia, aquel lugar de la naturaleza donde converge la variedad de los
significados en una única vocación de sentido. A las personas no
les asusta la diversidad. Lo que les asusta más bien es no lograr reunir
el conjunto de todos estos significados de la realidad en una
comprensión unitaria que le permita ejercer su libertad con
discernimiento y responsabilidad. La persona busca siempre la verdad de su ser,
puesto que es esta verdad la que ilumina la realidad de tal modo que pueda
desenvolverse en ella con libertad y alegría, con gozo y esperanza.
2.1.1 Situación
Sociocultural
40. La
realidad social que describimos en su dinámica actual con la palabra
globalización, impacta, por tanto, antes que cualquier otra
dimensión, la realidad de nuestra cultura y del modo como nos insertamos
y apropiamos de ella. La variedad y riqueza de las culturas latinoamericanas,
desde aquellas más originarias hasta aquellas que con el paso de la
historia y el mestizaje de sus pueblos se han ido sedimentado en las naciones,
las familias, los grupos sociales, las instituciones educativas y la
convivencia cívica, constituye un dato bastante evidente para nosotros y
que valoramos como una singular riqueza. Lo que hoy día está en
juego no es esa diversidad, que los medios de información tienen la
capacidad de individualizar y registrar. Lo que se echa de menos es más
bien la posibilidad de que esta diversidad pueda converger en una
síntesis, que envolviendo la variedad del sentido, sea capaz de
proyectarla en un destino histórico común. En esto reside el
valor incomparable del talante mariano de nuestra religiosidad popular, que
bajo distintas advocaciones, ha sido capaz de fundir las historias
latinoamericanas diversas en una historia compartida: aquella que conduce hacia
Cristo, Señor de la vida, en quien se realiza la más alta
dignidad de nuestra vocación humana.
41. Vivimos
un cambio de época cuyo nivel más profundo es el cultural. Se
desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con
el mundo y con Dios; “aquí está precisamente el gran error
de las tendencias dominantes en el último siglo… Quien excluye a
Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y sólo puede
terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas[22].
Surge hoy con gran fuerza una sobrevaloración de la subjetividad
individual. Independientemente de su forma, la libertad y la dignidad de la
persona son reconocidas. La individuación debilita los vínculos
comunitarios y propone una radical transformación del tiempo y del
espacio, dando un papel primordial a la imaginación. Los
fenómenos sociales, económicos y tecnológicos están
en la base de la profunda vivencia del tiempo, al que se le concibe fijado en
el propio presente, trayendo concepciones de inconsistencia e inestabilidad. Se
deja de lado la preocupación por el bien común para dar paso a la
realización inmediata de los deseos de los individuos, a la
creación de nuevos y muchas veces arbitrarios de los derechos
individuales, a los problemas de la sexualidad, la familia, las enfermedades y
la muerte.
42. La
ciencia y la técnica cuando son puestas al servicio del mercado, con los
valores de la eficacia, la rentabilidad y lo funcional, ha creado una
lógica que invade las prácticas sociales, las mentes y las
cosmovisiones. Se han ido introduciendo, por la utilización de los
medios de comunicación de masas, un sentido estético, una
visión acerca de la felicidad, una percepción de la realidad y
hasta un lenguaje, que se quiere imponer como una auténtica cultura. Sin
embargo, su superficialidad termina por destruir lo que de verdaderamente
humano hay en los procesos de construcción cultural, que nacen del
intercambio personal y colectivo.
43. Se
verifica, a nivel masivo, una especie
de nueva colonización cultural por la imposición de culturas
artificiales, despreciando las culturas locales y tendiendo a imponer una
cultura homogeneizada en todos los sectores. Esta cultura se caracteriza por la
autorreferencia del individuo, que conduce a la indiferencia por el otro, a
quien no necesita ni del que se siente responsable. Se prefiere vivir
día a día, sin programas a largo plazo ni apegos personales,
familiares y comunitarios. Las relaciones humanas se consideran objetos de
consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso responsable y
definitivo.
44. También
se verifica una tendencia hacia la afirmación exasperada de derechos
individuales y subjetivos. Esta búsqueda es pragmática e
inmediatista, sin preocupación por criterios éticos. La
afirmación de los derechos individuales y subjetivos, sin un esfuerzo
semejante para garantizar los derechos sociales culturales y solidarios,
resulta en perjuicio de la dignidad de todos, especialmente de quienes son
más pobres y vulnerables.
45. En
esta hora de América Latina y El Caribe urge tomar conciencia de la
situación precaria que afecta la dignidad de muchas mujeres. Algunas
desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas de
violencia dentro y fuera de casa: tráfico, violación, servidumbre
y acoso sexual; desigualdades en la esfera del trabajo, de la política y
de la economía; explotación publicitaria por parte de muchos
medios de comunicación social que las tratan como objeto de lucro.
46. Los
cambios culturales han modificado
los roles tradicionales de varones y mujeres, quienes buscan desarrollar nuevas
actitudes y estilos de sus respectivas identidades, potenciando todas sus
dimensiones humanas en la convivencia cotidiana, en la familia y en la
sociedad.
47. La
avidez del mercado descontrola el deseo de niños, jóvenes y
adultos. La publicidad conduce ilusoriamente a mundos lejanos y maravillosos,
donde todo deseo puede ser satisfecho por los productos que tienen un
carácter eficaz, efímero y hasta mesiánico. Se legitima que los deseos se vuelvan felicidad.
Como sólo se necesita lo inmediato, la felicidad se pretende alcanzar
con bienestar económico y satisfacción hedonista.
48. Las
nuevas generaciones son las más afectadas por esta cultura del consumo
en sus aspiraciones personales profundas. Crecen en la lógica del
individualismo pragmático y narcisista, que suscita en ellos imaginarios
especiales de libertad e igualdad. Afirman el presente porque el pasado
perdió relevancia ante tantas exclusiones sociales, políticas y
económicas. Para ellos el futuro es incierto. Asimismo participan de la
lógica de la vida como espectáculo, considerando el cuerpo como
punto de referencia de su realidad presente. Tienen una nueva adicción
por las sensaciones y crecen en una gran mayoría sin referencia a los
valores e instancias religiosas. En medio de la realidad de cambio cultural emergen
nuevos sujetos, con nuevos estilos de vida, maneras de pensar, de sentir, de
percibir y con nuevas formas de relacionarse. Son productores y actores de la
nueva cultura.
49. Entre
los aspectos positivos de este cambio cultural aparece el valor fundamental de
la persona, de su subjetividad y experiencia, la búsqueda del sentido de
la vida y la trascendencia. El fracaso de las ideologías dominantes para
dar respuesta a la búsqueda más profunda del significado de la
vida, ha permitido que emerja como valor la sencillez y el reconocimiento en lo
débil y lo pequeño de la existencia, con una gran capacidad y
potencial que no puede ser minusvalorado. Este énfasis en el aprecio de
la persona abre nuevos horizontes, en donde la tradición cristiana
adquiere un renovado valor, sobre todo cuando se reconoce en un Dios que se
encarna y nace en un pesebre, asumiendo una condición humilde y pobre.