«La intelección de la propia muerte»
(capítulo IV de El hombre en busca de su humanidad)
1. Légaut reflexiona en este capítulo acerca de cómo en el hombre se confrotan, con el paso de los años, su fe y su muerte. Fe que es fe en sí mismo, fe conyugal, y fe paterna. Fe que no es adhesión a una doctrina sino la actitud fundamental del hombre ante la vida y (en este caso) ante una manifestación de su «carencia de ser» tan radical como es la muerte.
Igual como con los bienes humanos, el amor humano y la paternidad, Légaut no diserta sobre la muerte en general; ni tampoco sobre la creencia en una vida después o más allá, sino que se coloca en otro plano, digamos existencial y de experiencia. Lo cual no es fácil.
A la dificultad de hablar de lo que es personal (en el sentido de que no es del orden de lo social y de lo general); y a la dificultad de hablar de lo que es misterio en la propia vida incluso para uno mismo (no el único misterio sin embargo, pues, como ya vimos, nada ni nadie –tampoco la religión, la ciencia o la sociedad– puede explicar el porqué del «amor humano» particular, no sólo naciente sino maduro, de una persona concreta por otra, ni tampoco por qué los hijos de una pareja son los que son y son lo que son para sus padres); se añade ahora una tercera dificultad, en el caso de la muerte.
A diferencia del amor humano, en el que cada persona de la pareja elige, en último término, a la otra, y a diferencia de la paternidad, en la que los padres no escogen a los hijos pero pueden reconocer en ellos una semejanza a partir del inicio absoluto que representó su venida, la muerte tiene la dificultad de ser un hecho que aún no ha sucedido; un hecho que el hombre ignora cómo será; un hecho que, además, él en absoluto desea y que, en todo caso, sólo concibe como un accidente inevitable, como un final sobrevenido desde fuera, exterior a su vida.
La exposición de Légaut, en continuidad con lo expuesto en entregas anteriores acerca de los dos tipos o etapas del amor y de la paternidad y maternidad (amor naciente y amor adulto; y paternidad/maternidad de autoridad y de llamada), responde a cuestiones como éstas: ¿puede llevar la fe a encarar el ser humano su muerte de otra manera que la inicial? A medida que avanza en el itinerario de su cumplimiento, ¿puede el hombre apropiarse y hacer suya su muerte y, de ser un accidente exterior a su vida, pasar a convertirla en el acto último de la misma; aquél que, como la rúbrica, autentifica el resto, incluido el nombre? ¿Cómo puede el hombre hacerla suya de forma que sea para él no un final absoluto y abrupto sino fermento durante su camino, desde crío pero, sobre todo, al tomarse la vida en serio, dar un carácter absoluto a sus compromisos y descubrir además, muchas veces no sin conflictos ni crisis, que éstos requieren de él no tanto obediencia sino fidelidad, y no tanto un saber hacer cuanto invención?
2. Tal sería, en síntesis, el arranque, el enfoque y el objetivo de este texto de Légaut sobre la muerte. El texto, sin embargo, se divide en tres secciones y contiene más elementos. Vale la pena subrayar, como introducción, tres de ellos:
(1) Lo que se dice sobre la «actividad del recuerdo» (nº 4 y 9).
(2) La «reflexión de base» por la que el hombre adulto, expresamente o no, rechaza –o no– la afirmación de «destrucción integral» y de «sin sentido» que (para muchos y para una parte de él mismo) parece desprenderse del hecho y de la significación de la muerte (nº 5). En esta reflexión, Légaut propone la diferencia entre «interioridad» y «subjetividad», dos términos importantes de su vocabulario.
(3) Por último, la actividad de creación por la que el hombre convierte la muerte en su propia muerte (nº 8).
Diré algo sobre este último elemento antes de terminar. Como se puede probar con otros textos suyos, es ésta una reflexión suya en la que lo original es descubrir una semejanza entre el tiempo de la separación final, en las relaciones fundamentales del hombre, y el tiempo de despedida de Jesús y de los suyos que, en el evangelio de Juan, incluye un extenso discurso donde aparece la conocida frase «os conviene que yo me vaya». El hombre y la mujer adultos, al término de su camino, pueden entrever, junto a los suyos, igual como Jesús junto a los suyos, que conviene irse y desaparecer para consumar la comunicación y el don del propio ser, que es para lo que se ha venido al mundo. Tal es la apropiación de la muerte que, en síntesis, plantea Légaut.
Para terminar, recordaré a otro testigo, alguno de cuyos textos ilustran la relación del «os conviene que yo me vaya» con la «actividad del recuerdo». Hacia 1936, Machado puso en boca de Juan de Mairena estos versos de despedida dirigidos a su segundo gran amor:
Sé que habrás de llorarme cuando muera
para olvidarme y, luego,
poderme recordar, limpios los ojos
que miran en el tiempo.
Más allá de tus lágrimas y de
tu olvido, en tu recuerdo,
me siento ir por una senda clara…
La «senda clara» era «un “Adiós (…)”, enjuto y serio» en el que el término de despedida («Adiós») es consciente. Por otra parte, en un comentario posterior, Machado formula una de las formas como el amor es más fuerte que la muerte y la tradición humana se cumple: «Porque sólo la creación apasionada triunfa del olvido».
3. Ver el resumen de «La intelección de la propia muerte» (cap. IV de HBH) en SELECCIÓN DE FRAGMENTOS.
==========================
GUÍA DE LECTURA Y AUTOEVALUACIÓN
Por Antonio Duato
- 1. El texto anterior de Domingo Melero es ya una guía para le lectura del capítulo IV del libro El Hombre en Busca de su Humanidad. Esa es la tarea que se propone para la próxima semana: leer, meditar y comentar este capítulo fundamental. El que tenga el libro en sus manos podrá hacerlo, subrayando o marcando párrafos en el margen. Para el que no lo tenga se le ofrece esa magnífica síntesis que es la Selección de fragmentos del capítulo IV, a la que apunta en definitiva el texto de Domingo. Recalco que esa síntesis, entrelazando fragmentos con resúmenes del resto, se va creando en la página de la Asociación Marcel Légaut a medida que avanza este curso, pero para que quede perennemente como un recurso público y abierto a la obra de Légaut. Fijaos cómo, en el índice al que lleva ese enlace puesto al final de lo Domingo, sólo tienen contenido los capítulos que han ido apareciendo hasta ahora en este curso de ATRIO. Es algo más que hay que agradecer a la Asociación (y ellos a nosotros tal vez, por nuestro estímulo a hacerlo). Es. de cualquier forma. un buen trabajo, para imprimir o recurrir a la pantalla cuando queramos, según lo que prefiera cada uno.
- 2. Casi todos nosotros venimos de un tipo de espiritual en el que la muerte contaba mucho. O para aprender a temerla (recordad el Kempis, los Ejercicios ignacianos, aquella “Preparación a la muerte” de “Cuando mis manos lánguidas dejen caer el crucifijo…”) o como imprescindible paso al más allá, a otra vida, al cielo bien escenificado por la imaginación…Todo aquello caducó y nos liberamos de ello con justísima razón. Optamos decididamente pos la vida y por el más acá, lo único real.¿Va a volver ahora Légaut a aquello? Léelo sin prejuicios y di de verdad: ¿hay en Légaut alguna vuelta a aquella visión tremendista de la muerte o angelical del cielo?
- 3. Como método para los comentarios sigue siendo el mejor el que cada uno, ligándolo o no a experiencia y reflexiones propias, entresaque frases concretas de Légaut o de esta entrega. Lo mismo que en la página de la Asociación van construyendo esa Selección de Fragmentos que queda para siempre, en ATRIO, a nuestro estilo, vamos creando estos hilos de comentarios desde diversas perspectivas y circunstancias que enriquecerán también para siempre la lectura de Légaut. Y vamos formando una comunidad virtual de búsqueda, que es nuestro objetivo.
–
–
